En sus sesiones de psicoanálisis, Alexander Portnoy confiesa que la obsesión por el sexo ha dominado su vida. Portnoy,Mal de [llamado así por Alexander Portnoy (1933- )].Trastorno en que los impulsos altruistas y morales se experimentan con mucha intensidad, pero se hallan en perpetua guerra con el deseo sexual más extremado y, en ocasiones, perverso. Al respecto dice Spielvogel: «Abundan los actos de exhibicionismo, voyeurismo, fetichismo y autoerotismo, así como el coito oral; no obstante, y como consecuencia de la “moral” del paciente, ni la fantasía ni el acto resultan en una auténtica gratificación sexual, sino en otro tipo de sentimientos, que se imponen a todos los demás: la vergüenza y el temor al castigo, sobre todo en forma de castración»
(Spielvogel,O., «El pene confuso», Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, vol.XXIV,p.909). Spielvogel considera que estos síntomas pueden remontarse a los vínculos que hayan prevalecido en la relación madre-hijo.
«Un monólogo histéricamente divertido, que aporta un nuevo prototipo a la literatura norteamericana», The Spectator; «Una novela desternillante, escabrosamente divertida y profundamente conmovedora», Financial Times; «El libro más increíblemente divertido sobre sexo escrito hasta la fecha», The Guardian.
Recomendación de Librosyliteratura.es, escrita por Javier Barrero
El mal de Portnoy, de Philip Roth
Un libro valiente, humano y muy, muy divertido. A lo largo de mi experiencia como lector, en ocasiones me he encontrado en un callejón sin salida, aquejado de una especie de bloqueo. En cada una de esas ocasiones ha aparecido un autor nuevo para mí, siempre de una forma casual (un libro regalado, un título escogido al azar en una biblioteca ajena,...) que ha cambiado la concepción que en aquel momento tenía de la literatura. Es el caso de Philip Roth, que se encargó de recordarme algo que poco a poco había ido olvidando: que la lectura no es (sólo) una actividad intelectual, la lectura es diversión.
La sinopsis de el “Mal de Portnoy” puede asustar: es la supuesta descripción de un trastorno en el que “los impulsos altruistas y morales se experimentan con mucha intensidad, pero se hallan en perpetua guerra con el deseo sexual más extremado y, en ocasiones, perverso. Al respecto dice Spielvogel: «Abundan los actos de exhibicionismo, voyeurismo, fetichismo y autoerotismo, así como el coito oral; no obstante, y como consecuencia de la ‘moral’ del paciente, ni la fantasía ni el acto resultan en una auténtica gratificación sexual, sino en otro tipo de sentimientos, que se imponen a todos los demás: la vergüenza y el temor al castigo, sobre todo en forma de castración»”.
Pero no se trata de una novela psicológica, ni de un retorcido drama sobre las obsesiones sexuales de un enfermo; por el contrario, es uno de los libros más divertidos que he leído. Alexander Portnoy se tumba en el diván de su psicoanalista, el doctor Spielvogel, en busca de una solución para su problema: vive atormentado por sus frustraciones sexuales, por su incapacidad para amar y comprometerse, por su obsesión por las shikses (mujeres gentiles). Una infancia asfixiante dentro de una comunidad judía tradicional, tentado por el paraíso del sueño americano; una madre neurótica, posesiva, manipuladora; un padre permanentemente estreñido, secuestrado por su trabajo... Portnoy culpa a su familia y a su entorno de sus miedos y obsesiones, pero a la vez añora ese mundo de certezas que poco a poco se va desvaneciendo.
El texto, de acuerdo con su título original (“Portnoy’s complaint”) y su primera traducción al español (“El lamento de Portnoy”), es una larga queja, un monólogo desesperado, escrito con un lenguaje un tanto escatológico, lleno de referencias sexuales explícitas, pero muy literario. Como es habitual en Roth, la ironía, el sarcasmo, la autocrítica corrosiva (a veces cruel) están presentes en cada línea. El lamento que Portnoy va desgranando ante su terapeuta es tan ingenioso que en ocasiones llega a parecer un monólogo cómico.
La gran virtud de este libro es que es tremendamente divertido. Eso debería ser motivo suficiente para leerlo. Pero, además, estamos ante un texto valiente y muy inteligente que, aunque ambientado en una situación y una época muy concretas, trata temas universales (la relación entre padres e hijos, los choques culturales, el sexo, la fidelidad) con los que cualquiera puede identificarse.
Javier BR