El autor Edgar Feerman habita simultáneamente dos mundos: uno interior, poblado de palabras que suenan bien, paisajes extraordinarios, monstruos mitológicos y situaciones peculiares; y uno exterior, que no hace falta describir, pues todos los seres vivos lo conocemos de sobra.
Estos dos mundos chocan sin cesar, y de esos choques nacen las historias, los poemas, los textos breves que suele escribir y publicar en sus libros, con un motivo parecido al de un náufrago en una isla desierta: arrojando botellas al mar con la esperanza de que alguien, en algún lugar, encuentre una botella y lea lo que hay escrito dentro.
Edgar Feerman es fantasioso de nacimiento —un género humano que rara vez comprenden los seres comunes y corrientes, aunque sí, con frecuencia, otros seres fantasiosos en busca de tesoros extraños que muten como ellos mismos.