F. A. H.

Nací en los años 70 en el Centro Médico de Río Piedras, en San Juan, Puerto Rico, aunque soy oriundo del barrio Quebrada Negrito de Trujillo Alto. Fui el segundo hijo de mi papá, Félix (1942-2019), y mi mamá, Marina (1956-2024). Como era típico en aquella época, mi niñez se desarrolló rodeada de familiares; en mi caso, la familia de mi papá, cariñosamente conocida como “Los Rolos”. Desde muy pequeño tuve acceso constante a mi abuelo Pedro, al que en el barrio llamaban “Pello”. A él le encantaba relatar historias del pasado, cargadas de emoción y, a menudo, salpicadas de los mitos propios del lugar. Creo que de él heredé el gusto por contar relatos, por eso que algunas de las historias que he escrito las escuché directamente de sus labios.

Mi infancia estuvo marcada por la pobreza y la lucha constante de mis padres. En una casa de dimensiones reducidas convivíamos seis personas, y mi papá no tenía un empleo estable. Sobrevivíamos gracias a una combinación de ayudas gubernamentales (los famosos cupones) y a diversos trabajos esporádicos: desde cortador de césped y vendedor de frituras y dulces locales (dulce de coco), hasta recolectores de latas de aluminio para su posterior venta. Aunque ninguna de estas labores generaba grandes ingresos, nos permitían evitar el hambre y la necesidad de pedir ayuda. Fue en ese ambiente donde aprendí que la lucha siempre será parte fundamental de la vida. Para muchos, estos hechos pueden ser motivo de vergüenza; para mí, sin embargo, son emblemas de orgullo y la guía que orienta mi camino. No tengo capacidad para despreciar el trabajo de los demás, y jamás me reiría de alguien por lo que hace honradamente para mantener a su familia, pues considero que hacerlo faltaría al respeto a los sacrificios de mis padres, algo que jamás podría perdonarme.

Durante los años 80 cursé estudios en las escuelas públicas locales: asistí a la Escuela José Julián Acosta (nivel elemental, clausurada), a la Escuela Segunda Unidad Rafael Cordero (nivel elemental e intermedio, clausurada) y a la Escuela Superior Vocacional Miguel Such en Río Piedras. Sin duda, soy beneficiario de los esfuerzos y la dedicación de mis maestros, a quienes quisiera honrar mencionándolos por nombre, pero no lo hago porque no los recuerdo a todos. Su compromiso abrió muchas puertas que para mis padres y abuelos hubieran permanecido cerradas, y siempre estaré agradecido por la influencia positiva que ejercieron en mi vida.

Al concluir la escuela y obtener mi diploma del cuarto año, trabajé dos años en el supermercado Amigo de Cupey. Sin embargo, pronto me sentí perdido entre los sueños que albergaba en mi mente y la realidad de que empacar compras en ese comercio no me ofrecía el progreso que deseaba. Impulsado por la necesidad de progresar y cambiar mi destino, me mudé en 1993 a la ciudad de Brooklyn, Nueva York, junto a mi abuelo materno Ismael y mi abuelastra Teresa. Allí inicié mis estudios universitarios en Hostos Community College, del cual obtuve el grado asociado, y posteriormente me matriculé en Lehman College, donde completé mi programa de Bachelor en Ciencias de la Computación. Finalmente, en 2005 me trasladé a Filadelfia y comencé a trabajar como maestro de educación especial en una escuela pública, labor que desempeño hasta hoy.

Aunque cuento con formación universitaria y agradezco las oportunidades que esta me ha brindado, no creo que un título me haga superior a los demás. Me repugna la actitud de aquellos que se sienten mejores simplemente por portar un papel, ya que estoy convencido de que mis padres y abuelos sufrieron a manos de esa arrogancia. Personalmente, detesto las normas de etiqueta que exigen comportamientos artificiales para complacer a los demás y que, en consecuencia, nos hacen perder nuestra autenticidad.

Para mí, mi papá fue la persona a la que más admiré; de su tenacidad frente a los retos y de su constante lucha por proveernos lo necesario, aprendí a no rendirme sin antes luchar. Aprendí a actuar en lugar de hablar, permitiendo que los logros hablen por sí solos. Nunca he pretendido ser perfecto ni he atribuido la perfección a nadie, pues creo que nuestras imperfecciones nos enseñan a vivir plenamente. Perdí a mi papá en 2019 y, unos meses después, a mi última abuela.

Mi escritura nació del dolor y de la necesidad de expresar sentimientos profundos. En 2020, tras el fallecimiento de mi padre, Félix Adorno, y de mi abuela, Antonia Ramos, encontré en las palabras un refugio que dio lugar a mi primer libro, Vidas: Relatos y Pensamientos. En él intenté iluminar la oscuridad de la pérdida y expresar aquello que a veces resulta indescriptible. Al principio pensé que ese sería mi único libro, pero pronto descubrí que aún tenía muchas historias por contar. Así nació Memorias de Otras Vidas (2022), en el que exploré relatos que me permitieran recordar y compartir acontecimientos previos a mi llegada al mundo, incluyendo las historias de mi abuelo Pedro Adorno, a quien cariñosamente llamaba “Papá Pello”. Superado ese proyecto, me embarqué en la búsqueda del significado de mi herencia puertorriqueña, dando vida a Prsona (2023), una obra en la que reflejo mi orgullo de ser puertorriqueño y cómo esa identidad resuena no solo en mí, sino también en otros. Luego, en 2024, impulsado por la inquietud ante un posible futuro distópico para Puerto Rico—donde cada vez más personas abandonan la isla debido a la necesidad y a la corrupción—escribí El Último Vuelo a Puerto Rico. En este libro planteo un escenario inquietante en el que un Puerto Rico desprovisto de puertorriqueños se vuelve una posibilidad real.

No podría concluir esta autobiografía sin mencionar que en 2024 también perdí a mi mamá, Marina Ramos, a quien, al igual que a mi papá, le debo mucho más de lo que pudiera pagar en esta vida y en otra. Así como papá enfrentó enormes desafíos, mi mami también lidió con múltiples retos y frustraciones, aspectos que discutiré en mi próximo libro dedicado enteramente a ella y del que, por el momento, no puedo revelar muchos detalles. Esta autobiografía es, para mí, el intento de enseñarte que, al final, solo soy un pasajero en este mundo que pretende y espera dejarlo un poco mejor de lo que lo encontró. Si mis historias son capaces de enriquecer, aunque sea en parte, la vida de alguien, me sentiré completamente orgulloso, pues ese honor lo dedico a mis padres y abuelos, agradeciéndoles la educación transmitida en casa y por haber procurado que mis maestros hicieran lo mismo en la escuela.

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