Hugo Daniel

Nacido en algún rincón olvidado donde el asfalto es una leyenda urbana, este ignoto pensador ,cuya relevancia compite directamente con la del vello púbico , transita la vida con la brújula rota, pero con la soberbia intacta. Miembro honorario de la cofradía de los extraviados, todavía no logra encontrar el camino a la esquina, pero eso no le impide caminar con el mentón en alto, como si estuviera dictándole el destino a la humanidad.

Con una audacia que roza lo patológico, este iluminado pretende haber descubierto el agujero del mate; un visionario de lo obvio que se regocija en revelar verdades que hasta el menos dotado de sus vecinos ya conocía antes de la pubertad. Su pluma, cargada de prosas añejas que huelen a naftalina y a biblioteca inundada, se arrastra penosamente por el papel intentando resucitar giros lingüísticos que ya eran obsoletos cuando se inventó el telégrafo.

Su hábitat natural son las calles polvorientas del conurbano, ese escenario donde el barro y la desidia se abrazan. Allí, entre el humo de los escapes y el ladrido de perros sarnosos, se dedica a recolectar con pinzas de depilar historias que nadie desea conocer. Es un cronista de lo irrelevante, un heraldo de la nadería que insiste en documentar cada bache, cada tragedia mínima y cada bostezo de la periferia, convencido que su "obra" es el testamento necesario para una civilización que, por suerte, está demasiado ocupada ignorándolo como para sentirse ofendida. En definitiva, un arquitecto de la intrascendencia que sigue construyendo castillos de arena en un callejón sin salida.

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