Aprendí a leer de niño, justo antes de ingresar a la escuela. Mi mundo se abrió ante las expediciones fantásticas de Julio Verne, la audacia indomable de los piratas de Emilio Salgari, y los intrincados misterios diseñados por Agatha Christie y Sir Arthur Conan Doyle.
El costo de esta inmersión autodidacta era alto: mi vocabulario resultaba limitado, y me tomaba días concluir un solo volumen, pues cada página requería una pausa para consultar el diccionario. Sin embargo, la ventaja fue una bendición: a esa edad, yo no distinguía entre novela y biografía. Leía con la ilusión y la imaginación infantil de que el Capitán Nemo realmente había surcado las profundidades y que Sherlock Holmes era un hombre de carne y hueso.
El despertar llegó con la adolescencia, un golpe seco al descubrir que el Frodo nunca existió. No obstante, esa pérdida dio paso a una revelación mucho más profunda: una metamorfosis en mi forma de abordar la literatura. Dejé de buscar hechos para encontrar espejos. La lectura adquirió un nuevo significado cuando, al confrontar las páginas, hallé en ciertos personajes rasgos y conflictos con los que me identificaba, y la ficción se convirtió en una poderosa herramienta de autoconciencia.
Con el paso de los años, esa conciencia lectora se transformó en un impulso acumulador. Fui reuniendo historias, bocetos y fragmentos, muchos inconclusos, hasta que un giro inesperado me hizo recordar la frase de Catherine Earnshaw en Cumbres Borrascosas de Emily Brontë:
"Cualquiera que sea la composición de nuestras almas, la suya y la mía son idénticas."
Fue entonces cuando comprendí mi necesidad, más que mi deseo, de compartir mis escritos. Mi motivación no reside en el ego o el reconocimiento, sino en la simple y profunda razón de que, tal vez, exista en el mundo un alma que se identifique con mis palabras, que encuentre en ellas el mismo significado que yo encontré al darles vida. Es un acto de comunión: compartir lo escrito para encontrar a ese otro yo.