Albert Soler

Seré breve: soy novato en esto de Amazon, y no es mi estilo hablar de mí. La cosa pinta mal, y más sin pincel. A ver: Me comí un escorpión durante una noche de locura en Bangkok. Era crujiente. Me considero una persona feliz. Si fuera un perro, estaría moviendo la cola a todas horas. Y minutos. Y segundos. Y si fuera un gato, ronronearía sin parar. Desconozco qué haría si fuera un calamar, pero seguro que tendría un buen corazón y buen despertar. Como lo tengo siendo humano. Me gusta escribir, y a menudo pienso en verso. Observa: "el enamorado no desea ser curado". ¿Ves? He escrito varios libros. Todos ellos Worse Sellers. Nunca he estado en la cárcel ni he aullado bajo la Aurora Boreal, aunque durante un viaje a Islandia la busqué cada noche. Pronto lo solucionaré. He aprendido que el perdón es un plato que se sirve en caliente. Siempre. Me gusta el chocolate. Por eso practico bastante deporte. Padezco el Síndrome Wanderlust. Cada cierto tiempo, echo el freno y detengo mi vida para realizar un viaje extraño. ¡El fin justifica siempre los miedos! Hace dos décadas di la vuelta al mundo con mochila durante 11 meses. Allí aprendí que la vida debe ser una aventura. Si no, todo se reducirá a un enorme puñado de lunes, o a un aburrido viaje organizado sin sorpresa alguna. Y recientemente he vuelto de una odisea que me ha llevado de Barcelona a Sydney en moto. Aunque sufrí dos caídas, saboreé cada centímetro de los 29.000 kilómetros que recorrí. Espero no tardar en realizar el siguiente viaje. Al igual te invite. Aporta o aparta. Porque es mejor estar bien acompañado que solo, pero de lejos, mejor solo que en mala compañía. Viví en Australia unos años, donde es legal cambiarse el nombre. Quise llamarme Max Power. Pero no pude. Al no ser residente, no me lo permitieron. Australia es un antro de buena muerte, por lo que es un buen lugar para morir. Consciente que la causa del sufrimiento es el deseo, vivo liviano de equipaje. Necesito poco. Y lo poco que necesito, lo necesito poco también. Porque soy consciente que cualquier posesión te acaba poseyendo. Incluso un buen trabajo. Por eso, me decanto por morir con recuerdos incunables que rodeado de objetos insustanciales. Porque los recuerdos también se pueden abrazar. Siempre ando con el corazón descalzo, y cada esquina de mi alma está repleta de esperanza. Prefiero, de largo, saber a tener. Y en caso de tener, que sea un pasaporte lleno de sellos a una casa llena de cosas. Por este motivo, lo que más me gusta es viajar. Si no viajo, mi alma muere de hambre. Para mí, es como abrir unas Pringels. Cuando hago "pop", ya no hay stop. Ni ceda el paso. Ni nada que me pare. Porque las vueltas dan mucha vida. He olido más de 50 países y mi intención es palpar 50 más antes de irme. ¡Que me quiten lo viajado! Hay gente que escribe para viajar, y otra que viaja para escribir. ¡A mí me apasiona hacer ambas cosas a la vez! La casa de mis sueños no es una casa... ¡Es el planeta entero! Porque ver mundo es lo que más me gusta del mundo. Me gusta más que el sexo, que también me encanta. Aunque creo que aquí, en Europa, está muy sobrevalorado. Como la muerte. Ambas cosas deberían tratarse de forma más natural, como ocurre en Nepal. Seríamos más felices. Menos frustrados. Sí. Lo confieso: me gusta el sexo. ¿Cómo no va a gustarme un acto en el que las pupilas se dilatan, las arterias se estanosan, la temperatura sube, el corazón y la tensión se disparan, la respiración es rápida y superficial, y el cerebro dispara impulsos a lo loco? Y aunque la atención es la caricia más bonita, prefiero el sentir del primer beso. Ahí es donde tiro casi todo el confeti. Aunque hace tiempo que mi prioridad no es el amor. Es la paz. Sin embargo, si pueden ser las dos cosas a la vez, pues mejor que mejor. La inquietud es la culpable de mi estilo de vida. Si fuera a juicio, sería condenado a "cadena perpetua" que, por cierto, es mi segunda peli preferida. Me gusta hacer poco ruido, y muchas nueces. Soy como la plastilina. Me adapto a todo, menos a lo que no me hace feliz. Lo malo, eterno, dos veces malo. Por eso, si un amor es sano, prefiero de largo un rollo de mil noches, que uno de unas horas. Se le saca más jugo. Literal y emocionalmente. No me quedo donde no me quieren. Porque una retirada tardía es una derrota. Solo me quedo donde me quieran como yo quiero. Así de simple. Procuro cometer errores distintos. Son los mejores profesores. Porque perder me enseña a jugar mejor la partida de la vida. Además, hay errores que besan muy bien. No espero nunca nada y siempre aprecio todo lo que tengo. Como el sentido del humor. Porque la vida, sin sentido del humor, no tiene sentido. Aunque también tengo sentido de la tristeza. Depende del momento. Me gusta pensar que lo que es para mi, me acabará encontrando sin tener que buscarlo. Soy alérgico al elitismo y adicto a las risas. Nunca tengo las ideas espesas. Ante la duda, no tengo dudas. Siempre voy de frente, nunca de nuca. Tengo buen corazón y buen pulmón. Quizás porque nunca he fumado. ¿Para qué? No dejo las cosas a medias. Ni a calcetines. Si las empiezo, las acabo. Dicen que tengo el cerebro bien amueblado, sin ningún producto de Ikea. Es todo artesanal. Hecho a mano, a pie, y a oreja. Prefiero perder a mentir. Porque si miento, lo pierdo todo. Pasaría a ser otro. Me 3,141592ca el cerebro. Supongo que por ese motivo, siempre me he preguntado qué deben sentir las mariposas cuando se enamoran. ¿Hombres andando en su estómago? O si una gallina se emociona, ¿se le pone la piel de hombre? No creo en Dios, pero le echo de menos. Si tuviera que elegir una religión, optaría por el budismo o el ateísmo. Las otras, no me convencen. Solo utilizo el cerebro durante el trabajo. Fuera de él soy todo intuición. Porque en mi tiempo libre, mi cerebelo vive en agosto. Cuanto menos pienso, más libre me siento. Soy optimista nato y no tengo tiempo para cosas sin alma. Mi estado natural es ser natural. Por experiencia sé que el miedo es lo primero que se encuentra, pero la esperanza es lo último que se pierde. Por este motivo, es esencial elegir bien tu bando. Necesito mi espacio, que no es infinito. Soy coleccionista de esos carteles de bodas tan cutres que los amigos de los novios diseñan y cuelgan por las calles del pueblo. También colecciono pequeñas dosis de oxígeno, y sueños cumplidos. Nunca cocino a fuego rápido. Siempre a fuego lento. Me gusta más la Nutella que la Nocilla, y no concibo un mundo sin croquetas. Y hablando de comida, en una ocasión cree una letra de sopas. La letra "e", concretamente. Necesité diez platos. Soy libre pensador. Lo de esclavizado pensador ya lo pasé hace tiempo. Ocurrió justo cuando apagué la tele. También soy un convergüenza, por lo que nunca podría ser político. Con la compañía correcta, cada mañana me despierto de buen amor, susurro un suave "sueños días", y besayuno fuerte, con toda mi alma. Es la mejor medicina para enfrentarse cada día a la fantasía. Aunque siempre se hace tarde demasiado temprano, y acabo volviendo a la cama en un santi amen, así, sin tilde. Do, re, mi, fa, luna, la, si, do. Clasifico la gente en 3 sacos: los que hablan de ideas, los que hablan de noticias, y los que hablan de personas. Tiendo a alejarme de las últimas y me engancho a las del primer grupo. Hablando de personas, hay poca gente en el mundo que me pueda alterar. No llegan a 20. Y quien puede hacerlo, nunca lo hace. Simplemente porque me quieren tanto como yo les quiero a ellos. Hace tiempo que aprendí que algunas personas son pura poesía, y otros puro cuento. Soy responsable de todo lo que me pasa. De lo bueno, y de lo malo. Sin excusas. Me gusta pensar que soy como el viento, que nunca se queja de que le venga gente en contra. Cada mañana, al despertar, me urge vivir y, sobretodo, sentir. Porque la vida, más que para vivirla, es para sentirla. Lo que me lleva a tratar cada segundo como si fuera una naranja que debo exprimir. Cada día estrujo 86.400. Es mucho zumo. Quizás por eso nunca me constipo. Estoy en constante evolución. Cuanto más vivo, más cambio. Carol Dweck, profesora de psicología de la Universidad de Stanford, teoriza que hay dos tipos de mentalidad: una de crecimiento, y otra fija. En mi caso, seguramente ya no soy el mismo que cuando has empezado a leer mi biografía. Permíteme presentarme de nuevo: Hola. Me llamo Albert. Seré breve: me gustan tanto los animales que no tengo ninguno. Los toreros me denominan "antitaurino". ¡Pero si yo estoy a favor de los toros y quiero que vivan! ¡Son ellos los que los matan! El niño que fui no se avergonzaría del hombre que he acabado siendo. No como Rajoy, que le subió el iva a los chuches. ¡Menudo sinvergüenza! Mi cita preferida, de Da Vinci: "la simplicidad es la máxima de las sofisticaciones". Es tan difícil hacer que una cosa sea fácil... De ninguna manera es pan comido. ¡Al contrario! ¡Es pan para comer! Si muriera hoy, me iría en paz y feliz, por lo que supongo que ya estoy de vuelta. Cosas de la edad... Siempre sueño a lo grande, nunca a lo pequeño. Lo amargo y los malos sentimientos no caben en mi dieta. Ni en las peores situaciones. En tiempos difíciles, la actitud marca la diferencia. Te avisé: me gusta escribir. Dudo que hayas llegado hasta aquí. Si lo has logrado, ¡enhorabuena por tu paciencia! Te mereces todo mi respeto, y quizás, alguno de mis libros. Tengo una carta de recomendación de todas mis "ex", menos de una. Y mira que la traté, no como un alfil o una torre... ¡sino como a una reina! Soy bueno en la cama y domino el arte de "la envestida del jabalí" a la perfección. También sé...

¡Y justo aquí le he podido quitar el ordenador a mi abuela! La misma que escribió la dedicatoria de mi primer libro "Citas encadenadas", y la misma que, cuando yo era pequeño y le preguntaba ciertas dudas de la vida, me decía que ya lo entendería todo cuando fuera mayor. Pues bien, ya soy mayor, y aún no entiendo nada.

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