Luna no es nombre de santo (Paperback or Softback)
Idioma: español
Editorial: Authorhouse 2/8/2017, 2017
- Tapa blanda
- Nuevo

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Luna no es nombre de santo.
N° de ref. del artículo BBS-9781524648701
- Título
- Luna no es nombre de santo (Paperback or Softback)
- Autor
- Kimberly, Ana
- Editorial
- Authorhouse 2/8/2017
- Año de publicación
- 2017
- Estado
- New
- Tipo de libro
- Book
- Encuadernación
- Paperback or Softback
- Idioma
- español
- ISBN 10
- 1524648701
- ISBN 13
- 9781524648701
- Peso del artículo
- 0,73 libras
Este libro está escrito para explicar las experiencias frustradas y los anhelos de los pobres a los cuales poca gente tiene en consideración. La novela nos transporta a los duros tiempos antes y después de la Guerra Civil Española en una zona aislada del resto de España por sus dificultades geográficas de la localidad. A través de la obra vemos a caracteres que quizá si hubiesen nacido en otro lugar o en otra época hubiesen conseguido mejorar sus vidas o quizás las vidas de los demás, pero en nuestra historia los caracteres están absorbidos en sus rutinas, las rutinas del pueblo, la pobreza que les rodea y no consiguen ni tan si quiera deshacerse de sus propios prejuicios que al final les lleva a demostrar una insensibilidad con otros seres de sus alrededor que termina en tragedia.
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Fragmento. © Reproducción autorizada. Todos los derechos reservados.
Luna No Es Nombre De Santo
By Ana KimberlyAuthorHouse
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Misa
En la parte alta de la colina de Algora, en la calle de la Cuesta, escasamente oculta de los inquisitivos ventanales de la pequeña iglesia que corona la loma, se encuentra el Monegal, recia casa de tres cuerpos, heredada por generaciones de Guzmanes que ostenta, con su cotidiana opulencia, la seguridad ganada por sus amos tras varias distinciones religiosas y políticas en la localidad. La nave principal de la casa luce un enorme portalón de madera que, siempre abierto, invita a cualquier visitante a la oscuridad y frescor de la silenciosa entrada de la casa. Encima del portal, cuelga un pequeño balcón que nunca ha gozado de la fragancia de un geranio, y atrás, unido por misteriosas vigas a la nave principal de la casa, se asienta un destartalado granero lleno de sacos de harina, garrafas de aceite, almendras y uvas colgadas a medio secar que esconden una escalera de madera vieja que conduce a los dormitorios de los mozos, Juan y Jacinto.
Allí, en la tranquilidad de su cuarto, los pensamientos de Jacinto surgían vívidos, como si aquellas imágenes que se le presentaban fueran reales. Eso le gustaba a él, porque así podía imaginar a Matilde de rodillas lavando en la alberca, su recia espalda arqueada en la cintura, sus rodillas plantadas en una piedra a la orilla del agua. Veía cómo el húmedo vestido se ceñía entre las piernas de la mujer, dibujando aquellas nalgas fuertes como troncos. La veía levantarse, secarse las manos en el delantal salpicado de espuma de jabón en las prominencias de sus senos, su cara sudorosa, brillante, sonriendo ahora al sol, luego al agua, desafiando al aire, siempre en movimiento, captando con gusto todo a su alrededor. Jacinto se imaginaba que sus manos acariciaban aquellos brazos tostados por el sol y que por sus dedos se derramaba el pelo azabache de la mujer. Esos pensamientos incitaban a Jacinto y lo hacían sentir todavía más deseoso de ser parte de todo lo relacionado con Matilde. Quería poder verla, charlar con ella, pero para él Matilde solo tenía breves saludos y solo cuando se veían de vez en cuando por los caminos del pueblo.
Jacinto había decidido visitar a Matilde en la Caseta lo más frecuentemente posible. La visitaría con cualquier excusa, así al menos él podría hablar con ella, aunque no fuera más que unos minutos. Pensaba que quizá a ella le gustaría saber los comadreos del pueblo y como él se enteraba de muchas cosas en el Monegal, podía contarle muchos chismes, cosas que a ella tal vez le divertirían. Además, así le demostraría que no era un niño, total, solo era un unos años más joven que ella, qué importaba.
Los del pueblo hablaban mal de Matilde, la trataban de mujerzuela, de cosas que él no quería ni escuchar. Nadie sabía de dónde venía. Llegó al pueblo unos años atrás, cuando solo tenía quince años, con Paco, un tratante de ganados que decía que era su tío. Cuando llegaron a Algora, Jacinto no tenía interés en la pareja, por eso nunca conoció a Paco, pero, según decía la gente, Paco tenía mucha plática y sabía ganarse a todo el mundo y también el dinero. Llegaron allí con la viuda del Molino, en una tartana bastante nueva llena de ropa y de algún que otro mueble. En cuanto llegaron se instalaron en la Caseta, una casa al pie de la colina de Algora que pertenecía a la viuda y que había estado abandonada varios años. Además de la Caseta, la viuda era la dueña de un molino de harina que estaba a la orilla del Salado y que casi todos los vecinos de Algora tenían que usar, a no ser que quisieran llevar su trigo mucho más lejos.
Antes de que la gente de Algora se diera cuenta, Paco y Matilde limpiaron la Caseta, arreglaron las ventanas, allanaron la entrada delante del portal, pintaron las paredes, metieron todas sus pertenencias en la estancia y acomodaron la mula y el carro en el pequeño corral. La viuda apenas tuvo que hacer nada, eso era lo que ella quería, que alguien la ayudara. Desde que su esposo murió, ella había vivido con una sobrina en un pueblo vecino y solo iba a Algora cuando había fiestas o cuando tenía que resolver negocios con algún vecino del pueblo. En ocasiones, cuando había visitado Algora, había comentado que le gustaría encontrar a alguien que quisiera vivir con ella en la Caseta porque así podría regresar a Algora y estar más cerca del molino. Aunque era un poco mayor, tenía la reputación de ser tan capaz de trabajar y de resolver cualquier problema como cualquier hombre, por eso los vecinos la respetaban y nunca se metían con ella.
Siempre le había gustado viajar, así que cuando podía acompañaba a su esposo a las ferias de los pueblos de la comarca, e incluso después de que su esposo murió, siguió yendo a las ferias siempre que podía. Durante uno de esos viajes que había hecho con su marido hacía ya años, habían conocido a Paco y luego se habían visto de vez en cuando. Últimamente, hacía solo unas semanas, en una de las ferias a la que había podido ir, se había encontrado con Paco otra vez. Charlando, se dieron cuenta de que se podían ayudar el uno al otro. Paco y Matilde podían ir a vivir a la Caseta con ella y a cambio de poder vivir allí, le harían compañía y le ayudarían en el cuidado de la casa y del molino.
Enseguida decidieron que era una buena idea y así fue como Paco, Matilde y la viuda fueron a parar a Algora. La mujer estaba contentísima con su decisión de dejarlos vivir allí con ella, pues tenía buen carácter y los dos se portaban muy bien con ella. Paco y Matilde también estaban muy contentos en Algora.
Poco después de llegar al pueblo, Paco había comprado unas gallinas y una máquina de coser. Según dijo, las gallinas eran para poder tener huevos frescos en abundancia, y la máquina de coser para que Matilde se hiciera vestidos con las telas tan bonitas que él le traería de las ferias. Paco viajaba a los pueblos de la comarca para comprar todo lo que se le ocurría y luego lo llevaba a las ferias para venderlo. En cuanto se establecieron en Algora, empezó a salir de viaje con su tartana e, incluso, cuando el viaje era solo para un día, se llevaba a Matilde y a la viuda con él, pero si salía para más de un día, ellas se quedaban en la Caseta, entretenidas con sus tareas.
Como la Caseta estaba a la salida del pueblo, no tenían muchas oportunidades de relacionarse con los demás vecinos, pero a pesar de que estaban allí aislados, la gente del pueblo sentía una gran curiosidad por todo lo que pasaba en aquella casa, especialmente los mozos del pueblo que, al cabo de poco tiempo, empezaron a rondar a para ver a Matilde que se había convertido en una moza muy maja. Ella no les hacía caso, seguía con sus tareas de la casa, sus gallinas, sus viajes a las ferias vecinas y sus charlas con la viuda. Pero un día Paco fue a buscar ovejas para vender a un pueblo vecino y nunca más regresó a Algora, dejando a Matilde sola con la viuda.
En cuanto Jacinto se enteró de que el tío de Matilde había desaparecido, comenzó a tener una gran curiosidad en saber de ella y comenzó a visitar la Caseta con cualquier excusa. Al principio, él había visto jamón colgado en la esquina de la estancia, sacos misteriosos repartidos en las paredes y botellas de aceite y vino encima del fogón de la cocina e incluso tabletas de chocolate de las que solo había en la capital. Jacinto pensaba que aquella comida la compraba la viuda del Molino, pero conforme pasó el tiempo, después de que Paco se había marchado, la comida fue desapareciendo. Luego Jacinto se dio cuenta de que todo lo había comprado Paco y ahora que él no estaba para ayudar, ya no había dinero para abastecerse.
Poco después de que Paco se fuera, Matilde, para ayudar, se había puesto a coser para las chicas ricas de los pueblos vecinos. Le había hecho un vestido a la viuda del Molino que le había quedado muy bien y la mujer les contó a sus amigas de los pueblos vecinos que cosía muy bien y en poco tiempo, Matilde tenía muchas clientas y pudo ganarse la vida con ese trabajo. Jacinto había visto varios de los vestidos que ella había hecho y aunque él no sabía mucho de eso, le parecían muy bonitos. Pero a pesar de la diligencia y del talento que demostraba Matilde, las chicas de Algora no le encargaban nada y la gente seguían tratándola con frialdad. Sospechaban de ella y no comprendían porque estaba allí sola.
A pesar de que la viuda poseía tierras y el molino, después de que Paco se fue, apenas si podía ayudar económicamente. Las cosechas no le iban muy bien y como tenía que pagar la mano de obra para hacer trabajar al molino, no le quedaba mucho, así que ambas habían vivido de lo que sacaba Matilde cosiendo. Todo eso no le importaba a Jacinto, él solo quería poder estar a su lado, charlar con ella. Sus pensamientos se confundían ahora con el sopor de su inconsciencia hasta que al fin se durmió.
Allá, cuando la palidez de la luna vacilaba en la blancura del horizonte y justo cuando sus ojos comenzaron a sentir el calor de la luz, Jacinto se sobresaltó al oír a don Guzmán que estaba al pie de las escaleras. — Te habrás creído que estando en mi casa vas a llegar tarde a misa. Anda, aligera, que tienes que arreglar los animales — le gritaba.
Rápido, Jacinto se enderezó y se vistió mientras lo escuchaba protestar al pie de las escaleras. Por su parte, no hubiese ido o hubiera llegado tarde, de todas formas, la misa se le hacía demasiado larga, pero con don Guzmán no se podía caer en semejante delito.
En cuanto estuvo vestido, se dirigió al corral y en abriendo la puerta, se tuvo que abrir paso entre las parsimoniosas ovejas, que rumiaban tranquilas, desparramadas en el húmedo corral. Con garbo, mientras las ovejas se iban acercando a comer, Jacinto comenzó a distribuir la hierba seca en los pesebres. Más tarde sabía que tendría que ordeñarlas, pero por ahora no tenía tiempo, debía ir a misa, las ordeñaría más tarde. Terminada su tarea, regresó corriendo a su cuarto, se puso unos pantalones negros, camisa blanca y alpargatas nuevas y salió corriendo camino de la iglesia.
Para cuando llegó, todos los feligreses estaban sentados en los bancos murmurando una oración. El recinto estaba frío, húmedo, iluminado solo por el trémulo resplandor de las gastadas velas del altar y por los rayos de luz de los ventanales que saltaban juguetones de banco en banco a través de la pequeña nave. Jacinto se quedó de pie detrás del último banco, se apoyó en una de las columnas y dejó de pensar. Desde allí podía ver las espaldas combadas de los campesinos y las cabezas cubiertas por mantillas polvorientas de las aldeanas. De vez en cuando se escuchaba un golpe de tos, un lloriqueo de niño, el tintineo de las campanas de los monaguillos o el siseo de las vestiduras de mosén Antonio cuando se movía de un lado al otro del altar. Llegó el sermón, su voz tomó rigor de mando y luchó por convencer a los fieles de la necesidad de rezar más, mucho más y de perdonar al prójimo. Aquellos días, muchas de las iglesias de los pueblos de la zona no tenían cura, en Algora habían tenido suerte de que, a pesar de las fuerzas políticas que constantemente presionaban la región contra los clérigos, mosén Antonio había caído bien a los vecinos del pueblo y tenía el apoyo de don Guzmán y de don Raúl, porque, según ellos, estaba haciendo el bien a la comunidad.
Jacinto estaba escuchando el sermón sin realmente oírlo, cuando se dio cuenta de que justo delante de él, sentado en un banco, estaba su amigo Raúl con su padre, don Raúl. Raúl pasaba casi todo el año en la ciudad estudiando y solo iba a Algora a pasar las vacaciones. Si Raúl estaba de vacaciones, pasaría unas semanas en Algora. Qué bien, pensó Jacinto, así podrían ir al café a jugar al dómino. Raúl era un poco más joven que Jacinto, pero a pesar de ser de diferentes esferas sociales, se conocían desde pequeños y se llevaban muy bien.
Cuando el sacerdote terminó de dar la comunión y ya los pocos beatos se habían sentado otra vez, la puerta de la iglesia se arrastró y se abrió, dejando penetrar un desvergonzado rayo de luz que atravesó la nave hasta que llegó al mismísimo altar. Ya casi al final de la misa, plantada en el umbral de la puerta, apareció la silueta de Matilde con un vestido rosa que brillaba en la oscuridad del templo. Como una gacela, se deslizó hacia el altar, sus zapatos taconeando en las piedras del suelo de la iglesia, el aroma de su pelo esparciéndose por el aire. Una a una, todas las cabezas cubiertas con tupidas gasas, se fueron volviendo para presenciar la entrada de Matilde. Desde su escondite, Jacinto escuchó el crujir de los zapatos, olió el perfume de aquel pelo negro que caía por la espalda de la joven y observó cómo se sentaba en uno de los asientos vacíos en un banco enfrente del altar y sin más, se afanó en seguir las oraciones de la misa en un pequeño misal que había traído.
Jacinto quiso concentrarse en la misa, pero no pudo, ya solo se preocupó de la presencia de la muchacha. Sabía que en aquellos días Matilde estaba muy ocupada cosiendo vestidos para las chicas de los pueblos vecinos y no esperaba verla allí. Aquella era la época en que las jóvenes de la comarca encargaban los vestidos para las ferias y Matilde estaba ocupada midiendo y haciendo patrones. Las chicas generalmente traían las telas, pero a veces, iba ella misma a comprar las telas a la capital y se las ofrecía a sus clientas. Eso le parecía normal, pero la gente de Algora se escandalizaba de que Matilde fuera a la capital con la viuda o, a veces, con algún vecino. Pero qué podía hacer ella, tenía que ir con quien podía y no tenía un hombre en la casa.
Al final de la misa, la gente fue saliendo y desparramándose a los lados de la escalinata de la iglesia. Allí se quedaron cuchicheando, mirando a la puerta de la Iglesia esperando con intenso interés la salida de Matilde. Cuando cruzó el umbral de la puerta de la iglesia, se hizo un silencio total entre los vecinos y todas las miradas se concentraron en la silueta de la joven. Solo Jacinto la saludó.
— ¿Cómo estás, Matilde?
— Oh, vaya, ¿tú también aquí? No te vi en la iglesia, como llegué tarde y estaba tan oscura, no te vi. Ya me voy, porque en casa tengo mucho que hacer. Te fijas, ni me saludan — comentó Matilde extendiendo el brazo y señalando con la mano las caras curtidas de las aviejadas mujeres y los ojos esquivos de los curiosos hombres que seguían mirándola disimuladamente.
Raúl, que también estaba en las escalinatas de la iglesia, se acercó a la pareja y en tono casual comentó.
— Hola, ¿cómo os va? Yo voy a estar por aquí unos días para prepararme para los exámenes de ingreso en el instituto. ¿Rezaréis para qué apruebe el examen de francés? Tú también. — Y Raúl señaló a Matilde que lo miraba curiosa.
— Por ti sí que rezaré todos los días, te lo prometo, Raúl. Y tú, Jacinto, ¿también rezarás, verdad? — apuntó Matilde señalando a Jacinto.
— Sí, claro, yo rezaré, pero tú sabes mucho, yo sé que aprobarás — afi rmó Jacinto.
Todos los ojos de los beatos hurgaban en las expresiones de aquellos tres jóvenes que estaban ajenos a las miradas curiosas de la gente. En cuanto don Raúl se dio cuenta del grupo, se acercó a su hijo, saludó a Matilde y a Jacinto brevemente, agarró a Raúl del brazo y se lo llevó hacia donde estaba mosén Antonio. Por unos instantes, Matilde y Jacinto quedaron solos, uno frente al otro, notando las miradas punzantes de todo el pueblo, pero aquel encuentro no duró mucho. Matilde se despidió de Jacinto y a grandes zancadas, comenzó a caminar cuesta abajo mientras que él la seguía con la mirada. En cuanto la silueta de Matilde desapareció en la esquina de la calle, las mujeres rompieron el silencio y comenzaron a gesticular y a hablar entre ellas. Mosén Antonio, plantado en la puerta de la iglesia escuchaba lo que le decía don Raúl, pero en cuanto vio a Jacinto solo, se acercó a él.
— Jacinto, me alegro que estés en el pueblo y no en las montañas y que hayas podido venir a misa. Lástima que llegaste tarde. Temo que estás perdiendo la fe, muchacho — declaró mosén Antonio —. Llegaste tarde a la misa como esa muchacha, la de la Caseta. No te acostumbres mal, así comenzó tu padre con la bebida, primero un sorbo, luego más, hasta que de puro borracho incendio el establo de tu casa. Créeme, hijo, el pecado hace daño al cuerpo y al alma — y volviéndose a don Raúl que estaba con su hijo y escuchaba a poca distancia, observó —. Es mucha responsabilidad orientar a los jóvenes que no tienen la guía paterna. Yo intento dar consejos a Jacinto siempre que puedo, pero él no se deja ver mucho por aquí, así que tengo pocas ocasiones de ayudarle — aseguró mosén Antonio.
— Sí, claro — asintió don Raúl algo receloso.
(Continues...)
Excerpted from Luna No Es Nombre De Santo by Ana Kimberly. Copyright © 2017 Ana Kimberly. Excerpted by permission of AuthorHouse.
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