Los Duenos de La Ciudad (Paperback or Softback)
Idioma: español
Editorial: Trafford Publishing 6/2/2011, 2011
- Tapa blanda
- Nuevo

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Los Duenos de La Ciudad.
N° de ref. del artículo BBS-9781426964879
- Título
- Los Duenos de La Ciudad (Paperback or Softback)
- Autor
- Lavay N., Laura
- Editorial
- Trafford Publishing 6/2/2011
- Año de publicación
- 2011
- Estado
- New
- Tipo de libro
- Book
- Encuadernación
- Paperback or Softback
- Idioma
- español
- ISBN 10
- 1426964870
- ISBN 13
- 9781426964879
- Peso del artículo
- 1,09 libras
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Fragmento. © Reproducción autorizada. Todos los derechos reservados.
Los dueños de la ciudad
By Laura LavayénTrafford Publishing
Copyright © 2011 Laura LavayénAll right reserved.
ISBN: 978-1-4269-6487-9
Contents
La ciudad de los perros...........................1Primeras desilusiones.............................30Viaje a la capital................................55Ya nada es igual..................................91El regreso de Sergio y Samuel.....................128Intercambio de cartas.............................158Adiós a Mimosa...............................194Mario.............................................224Más e-mails..................................251Aprender a soportarse.............................278¿Final Feliz?................................302
Chapter One
La ciudad de los perrosMarcela terminó la cena y esperó a que su tía cerrara el negocio. Tomó el diario de la mesa y empezó a leerlo sin mucho interés. Había sido un día muy ocupado. Sin un segundo para disfrutar. A veces eso ocurría cuando recibían nueva mercancía y debían ponerle los precios y distribuirla en las alacenas. A pesar de contar con la ayuda de Tomasa y Soledad, el trabajo resultaba abrumador y no tenían garantías de ganar suficiente dinero para emplear a otra persona. Desde muy pequeña Marcela ayudó a su tía en el manejo de la tienda y ella siempre la trató como una socia. Nunca hacía nada sin pedirle antes su opinión.
Tanto el dinero que recibían del negocio como del hotel, no era suficiente. Debían resignarse a trabajar sin descanso y rogar que los negocios mejoraran. Cada vez había más supermercados o galerías de tiendas que les quitaban clientela. Ellas continuaban trabajando porque el barrio donde vivían parecía detenido frente al progreso y sus habitantes, sobre todo los más viejos, no querían aceptar los cambios que llegaban y afectaban la apacible vida de la mayoría de sus habitantes. Ambas hablaban de emplear un hombre para los trabajos pesados, pues Tomasa estaba envejeciendo y ya no respondía como años atrás, cuando llegó a la tienda y suplicó que la emplearan porque no podía encontrar trabajo debido a su edad y su aspecto hombruno. En esos años eran usuales los avisos en el diario solicitando personas jóvenes y de buena presencia, dos cualidades que la buena mujer no tenía. Al igual que Marcela, que ayudaba a su tía, Tomasa había ayudado a su padre hasta que éste falleció, en la librería de su propiedad, que era la única en muchas cuadras a la redonda. Asunción conocía a Tomasa y sabía que además de ser fuerte era trabajadora y mujer de negocios. Marcela la conoció cuando llegó a casa de su tía, después de que su madre murió. Aunque entre ellas había muchos años de diferencia, se entendían bien porque algunas cosas en sus vidas eran similares. Incluyendo a su tía, las tres eran hogareñas y se conformaban con ir de vez en cuando al cine, caminar a la orilla del río y sentarse a tomar café o un helado y conversar con los clientes que se detenían a saludarlas. Sólo hubo un pequeño cambio cuando Marcela fue a estudiar administración de empresas a la capital. Allí vivió con otra tía, que era metódica al igual que su tía Asunción, pero no tuvo problema en adaptarse a la nueva casa. Cuando volvió con su título, en vez de buscar un empleo acorde con su capacidad, optó por trabajar con su tía e hizo algunos cambios que favorecieron la manera de tratar a la clientela, la cual conservaban desde que su tía era pequeña y atendía la tienda de su padre.
El almacén y la casa estaban casi al final de la zona vieja de la ciudad, que se había extendido hacia el lado opuesto del río. En la costanera había una vereda ancha y arbolada donde le gustaba caminar a la gente durante los días calurosos de verano. Cruzando la avenida había restaurantes, cafés y quioscos de helados. La tienda era una de las primeras casas comerciales a pocas cuadras de la estación ferroviaria.
Marcela y su tía disfrutaban las mismas cosas y a veces actuaban casi por instinto, decidiendo qué hacer como si entre ellas se cruzaran mensajes telepáticos que hacían que la una aceptara cualquier sugestión de la otra. En horas de trabajo todo lo hacían al unísono, ayudándose mutuamente. El negocio, la casa donde vivían y el hotel habían sido parte de la hacienda colonial que perteneció a sus antepasados. Donde quedaban los cuartos que rentaban había un patio de mosaicos con una fuente en el centro. En el pasado esos eran los aposentos de los dueños. Cuando la madre de Asunción decidió rentar algunos cuartos agregó a cada habitación un baño, un placar y una mesa auxiliar. Por mucho tiempo, ese fue el único hotel con baño privado en Santa Catalina. El pequeño pueblo estuvo olvidado durante muchos años hasta que un grupo de colonos llegó de Europa, y poco a poco, fue creciendo hasta convertirse en ciudad. Con la llegada de la globalización todos se vieron obligados a aceptar una nueva forma de vida. Los supermercados terminaron con muchos de los pequeños negocios, sólo Asunción siguió firme, pero a cambio debió amoldarse al progreso que llegó cambiando todo. Al volver de la capital, Marcela trajo consigo algunas innovaciones y tuvo que luchar para que su tía aceptara modernizarse. Al final accedió. La tienda pasó de vender ropa fina en una especie de mini-mercado, a ofrecer algo nuevo y mejor. Eso les permitió sobrevivir y permanecer en el mismo lugar.
Esanoche, Marcela esperó a su tía más de lo acostumbrado. Cuando entraron a la cocina y Marcela se sentó sin pedir la cena como lo hacía habitualmente, Su tía la miró inquisitivamente.
-¿No oíste los perros?-, le preguntó.
-Sí, parecía que le ladraban a un extraño.
-Así es, me contaron que un desconocido llegó. Al parecer se le dañó el automóvil y lo dejó a la entrada de la ciudad. Luego fue al taller de Julio y él le recomendó pasar la noche en nuestro hotel, pero cuando venía hacia acá lo mordió un perro. Entonces hizo un escándalo y llamaron a la policía. El perro de doña Isabel fue el que lo mordió. Ella dijo que el animal no mordía y que seguramente, el hombre lo había provocado, además era un desconocido y el animal nunca habría mordido a alguien del barrio.
Los argumentos no dieron resultado y doña Isabel, contra su voluntad, tuvo que llevar al forastero al hospital y pagar la vacuna antirrábica. El policía recordó que el perro ya había mordido a un niño y que el animal se salvó de que lo mandaran matar porque algunos testigos dijeron que el niño le había tirado una piedra. Como era la segunda vez, le advirtieron a doña Isabel que debía mantener al animal encerrado o deshacerse de él.
Las dos mujeres discutieron si doña Isabel debía seguir teniendo al perro o entregarlo a las autoridades. Para la tía no había razón de tener un perro raza pit bull, pues eran asesinos ya que podían ser entrenados para matar. Se comentaba que eso era lo que había hecho su dueña, pero nadie podía comprobarlo. Los defensores del animal decían que quizás la dueña lo había hecho porque temía que al vivir sola y con dinero, corriera la suerte de muchas mujeres que no podían defenderse de los malhechores, quienes parecían multiplicarse con el tiempo. La gente vieja decía que siempre hubo rateros en la ciudad como en cualquier parte del mundo, pero que los de antes no eran tan salvajes; robaban pero no mataban a sus víctimas despiadadamente como ahora. Marcela estaba de parte de doña Isabel. La mujer había quedado viuda y vivía sola en un enorme caserón, por tanto, la mejor protección era un perro.
-A ti siempre te gustaron los perros y los has defendido. Yo pienso que sólo deben tener animales, quienes pueden cuidarlos. Pero aquí los perros parecen sentirse dueños de la ciudad. Debe ser el único lugar donde pasean como si las calles les pertenecieran. Muchas veces muerden a alguien, la policía se hace la tonta y termina ganando el dueño del perro. No hay una ley que ampare al peatón, quien a veces tiene que cruzar la calle para evitar a ser mordido-. El sonido del timbre las interrumpió. Asunción salió a ver quién era mientras su sobrina levantaba en brazos a Mimosa, su pequeña perrita que ladraba con fuerza. Los ladridos no la dejaron escuchar, pero sintió pasos y una voz enojada. Luego vio frente a ella al forastero que en vez de saludarla, dijo con rabia: «Veo que hoy no puedo librarme de esos animales».
-Lo siento- contestó su tía - pero ésta es la ciudad de los perros. Imagino que necesita una habitación, pase.
Marcela miró al hombre de aspecto malhumorado y desgreñado. Tenía cabello castaño claro, estatura media y ojos verdes. Traía un saco en la mano y la camisa sucia. Su tía le pidió que le mostrara la habitación y ella le entregó la perra a su tía porque no quería tenerla cerca de una persona tan ruda. Él la siguió de mala gana. Después de mostrarle todo, Marcela le dijo que el desayuno estaba incluido y que si quería, podía recomendarle un restaurante para cenar. Él contestó de manera brusca que lo único que deseaba era dormir y olvidarse del horrendo día que había tenido. En su afán de alejarse, Marcela olvidó preguntarle a qué hora quería el desayuno a la mañana siguiente.
Antes de acostarse, Marcela comprobó si su mascota estaba bien. En invierno siempre dormía a los pies de la cama y en verano, en una cama pequeña que le habían comprado. Ella le acarició la cabeza y la perra apenas entreabrió los ojos. Marcela tuvo insomnio. Trató de acomodar la cabeza en la almohada sin lograr encontrar una posición cómoda, luego se preguntó por qué estaba malhumorada y entonces recordó al nuevo huésped y su mirada de odio hacia Mimosa. Pensó que un hombre que no quería a los perros no quería a nadie, pero recordó que la tía Asunción tampoco los soportaba y por eso no dejaba de ser una buena persona. En ocasiones, traía a la memoria las semanas de verano en Santa Catalina junto con su madre, pero luego entristecía al recordar el velorio. Veía la imagen de su tía tratando de hacerla sentir mejor y diciéndole que debía irse a vivir con ella a Santa Catalina. A Marcela nunca se le ocurrió pensar qué haría si quedaba huérfana y tampoco tuvo tiempo de reaccionar porque todo sucedió muy rápido. Su madre falleció unos días después de que ella la encontró muy mal al regresar de la escuela. Estaba tirada en el sofá y lo único que pidió fue llamar a la vecina. Ésta llegó enseguida y se ofreció a llevarla al hospital. Marcela la acompañó, pero estaba demasiado atontada para decir algo. Nunca había visto a su madre enferma y se asustó al notar que respiraba con dificultad. No supo cómo llegaron al hospital, sólo que corrieron por un largo pasillo, siguiendo al enfermero y agarrándose de la camilla hasta la sala de primeros auxilios. Allí, otro enfermero les ordenó detenerse y ella se sentó cerca de su vecina. Esperaron una eternidad hasta que una enfermera preguntó por algún pariente y la vecina se presentó como Marciana y a Marcela como la hija de la enferma. Luego le dijeron algo en privado a la vecina y ella se puso nerviosa.
-Debemos ir a tu casa, tu mamá está grave y tienes que darme el teléfono de algún pariente.
En la casa, Marcela le entregó la libreta de teléfonos a Marciana. Ella mencionó a las tías Asunción y Verena, aunque conocía más a Asunción porque visitaba con más frecuencia a su hermana. La llamó y Marcela escuchó decirle que su hermana había sufrido un ataque cardiaco y que el doctor quería hablar con alguien mayor de la familia. Desde ese momento todo fue una pesadilla. Al otro día, Asunción llegó y juntas fueron al hospital. Esa fue la última vez que ella vio a su madre. A Marcela le gustaba recordar eso porque con el tiempo le parecía mentira lo sucedido. Era una forma de convencerse de que no había sido un mal sueño. Antes de morir su madre le dijo algo al oído a Asunción y ella afirmó con la cabeza. Luego, su madre la miró y sonrió con debilidad. Después su tía casi la arrastró hacia el pasillo y la abrazó llorando. El velorio, el entierro, la llegada de la tía Verena y el viaje en tren hacia Santa Catalina volvían a su memoria como una pesadilla. En el tren no encontraron lugar en los camarotes y viajaron en primera clase. El viaje tardó varias horas y al final llegaron cansadas y tristes. Su tía la llevó a la habitación que siempre ocupaba cuando iba de visita con su madre. Siempre la había tratado con cariño y mucho más ahora que se había ido a vivir con ella. Trataba de complacerla en todo y cuando no podía, le explicaba la razón de su negativa. Marcela siempre comprendía las razones de su tía, excepto cuando trajo a Mimosa a la casa y su tía le dijo con firmeza que no quería perros.
-Menos un perro sarnoso y enfermo como ese-. Marcela trató de hacerla entender que el animal las necesitaba. Pero ella no quiso ceder y la obligó a devolverla al lugar donde la había encontrado.
-Lo siento tía pero no puedo hacer eso. La encontramos con Sergio a la orilla del río. Seguramente alguien la tiró ahí. Sergio dice que está enferma y que si se cura será una buena compañera para mí. ¡Por favor, tía! déjame probar. Podemos llevarla al veterinario.
-¿Por qué no se la das a Sergio?
-Ha llevado demasiado animales a casa y sus padres no le permiten uno más.
Marcela rompió la alcancía y reunió el dinero que guardaba, siempre que algún cliente le daba propina por ayudar a servir el desayuno. Era el único tesoro que poseía, de resto su tía le daba dinero siempre que lo pedía. Pero esa vez se negó a complacerla. Cuando notó que no pudo convencer a su tía, llevó la mascota donde Sergio y él la escondió por unos días hasta que fueron descubiertos y los obligaron de nuevo a llevarla donde la habían encontrado. Sin embargo, ellos la llevaron al veterinario y así se enteraron que Mimosa no era una perra de la calle. Era una westie y como muchos de su raza, presentaba un cuadro crónico de atonía. Supusieron entonces, que pertenecía a alguno de los tantos turistas que visitaban la ciudad. Quizás viajaban con la ventana abierta y se les había escapado. Cuando la encontraron tenía mal aspecto. Estaba gorda y se movía con dificultad; parecía muy vieja para su edad, la piel lucía grasienta, tenía pocos pelos y problemas para respirar. Sus ojos se veían tristes, quizás porque los párpados apenas tenían pelos. El doctor recomendó buscar a un dermatólogo, pero Marcela y Sergio se miraron angustiados porque ya habían gastado parte de sus ahorros en el veterinario. Así que decidieron contarle que ya no les quedaba dinero y que tampoco querían abandonar a la perrita. El doctor prometió ayudarles y dijo que tendría al animal sólo un par de días hasta que empezara a recuperarse. Ambos prometieron convencer a sus parientes de permitirles quedarse con ella y le mintieron diciendo que ellos habían aceptado pagar el tratamiento si notaban que el animal sanaba. Estaban seguros que la tía Asunción una vez la viera curada, les permitiría llevarla a casa. Pero ella estaba reacia a dejarse convencer, argumentaba que no le gustaban los perros. Incluso cuando Marcela lloró le dijo que estaba segura de que pronto se olvidaría del animal y hasta prometió comprarle uno que estuviera sano. Al volver a casa, Marcela le mintió a su tía por primera vez y le dijo que el veterinario le había prometido curar a la perra sin cobrar nada.
- No puedo dejarla, Mimosa está mucho mejor ahora, pero aún me necesita. Tienes que verla- dijo Marcela y ante el rostro tenso de su tía, salió del cuarto y golpeó la puerta por primera vez.
El día que volvió donde el veterinario, éste le dijo que no podía tener más a Mimosa en el consultorio y que al otro día debía llevársela. Luego le entregó la cuenta y cuando Marcela vio la suma que debía pagar sintió que se moría. Buscó a su amigo y ambos decidieron hablar con Asunción esa misma noche. No alcanzaron a mostrarle la cuenta porque no lograron siquiera convencer a la tía de recibir al animal que tanto los necesitaba. Al día siguiente, al regresar de la escuela se encontró con uno de los viejos huéspedes de su tía, quien le dijo que la notaba triste, ella le contó llorando acerca de su problema y él se ofreció a ayudarla. A ella se le ocurrió entonces, pedirle que ocultara al animal por unos días y así fue. Pero como Mimosa estaba casi recuperada del todo, a veces era difícil mantenerla sin ladrar y por eso un día, Asunción la descubrió. Le reprochó a su huésped y le recordó que no se permitían animales en el hotel. En ese momento, Marcela entró y desesperada, volvió a mentir diciendo que el señor Domínguez había comprado el perro esa mañana y que había decidido esconderlo en el cuarto porque como partía en dos días, le cobraban mucho por tenerlo donde lo compró.
-El señor Domínguez me contó esta mañana y como le dije que no te gustaban los perros decidimos tenerlo escondido-. El hombre estaba demasiado asombrado para reaccionar y ante la mentira de la niña sólo pudo afirmar con la cabeza.
-Parece que últimamente todos quieren meter un perro en mi casa sin mi consentimiento- dijo la tía y salió enojada. El señor Domínguez y Marcela temieron que la tía reconociera a Mimosa, aunque la perra ya no se parecía en nada a la que había traído Marcela días atrás.
(Continues...)
Excerpted from Los dueños de la ciudadby Laura Lavayén Copyright © 2011 by Laura Lavayén. Excerpted by permission of Trafford Publishing. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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