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LA EDAD DEL MUNDO - Tapa blanda

MUÑOZ IBARRA, DR. JOSĖ ÁNGEL

 
9798294713799: LA EDAD DEL MUNDO

Sinopsis

Había una biblioteca enterrada bajo la corteza del universo.
No estaba hecha de libros, sino de edades: pliegues de tiempo cristalizado, susurrando con voz de ruinas.
Allí se acumulaban los calendarios de lo no dicho, de lo vivido sin ser anotado, de lo sentido sin ser comprendido.
Aquel lugar, ajeno a las agujas del reloj, guardaba un secreto: el mundo no tiene una sola edad, sino infinitas superpuestas, como cortezas que alguna vez fueron núcleo.
Y en ese abismo de edades simultáneas, la Historia no era una línea, sino un eco resonante, fragmentado, errante.
Victor Hugo, desde su rincón eterno, miraba esa biblioteca sin puertas.
Tenía la frente surcada por los siglos y los ojos iluminados por la memoria de los pueblos.
—Las edades de los hombres —murmuraba— no coinciden nunca con la edad del mundo.
Cada generación cree haber nacido en la cima del progreso…
cuando en realidad despierta en medio de un derrumbe silencioso.
Einstein, a su lado, desplegaba fórmulas en el aire con dedos que parecían hechos de tiempo dilatado.
—No hay reloj que mida la infancia de una piedra, ni teoría que encierre la nostalgia de una célula.
La edad del mundo no se calcula…
se contempla.
Ambos callaron, como si una tercera presencia invisible los escuchara.
Era la misma que había estado en las cavernas pintadas, en los códices incendiados, en los papiros extraviados, en las redes neuronales del mañana.
El calendario del olvido no marcaba fechas.
Su única página era la piel de quienes aún preguntaban:
—¿Qué edad tiene este mundo…
y cuántas de esas edades hemos olvidado?
Y con esa pregunta, el lector abre no un relato, sino un ritual de recuperación del tiempo perdido, del tiempo enterrado, del tiempo que aún no ha aprendido a nombrarse.
“Cuando Nos Encontramos en la Edad del Mundo”
Querido lector:
No sé tu nombre, ni tu edad, ni el momento exacto desde el cual has llegado a este umbral de palabras.
Y, sin embargo, siento que te he conocido desde siempre.
No como se conoce a un rostro, sino como se reconoce a un eco cuando uno mismo lo ha pronunciado antes de escuchar su retorno. Te has adentrado en este libro como quien atraviesa un calendario invisible, y cada acto que leíste fue también un acto tuyo.
Te fuiste volviendo testigo y partícipe de una Edad que no figura en los libros de historia, pero que habita en cada gesto que atesora sentido.
Esta novela no pretendió dar respuestas.
Su propósito ha sido otro: plantar semillas de preguntas en la tierra del tiempo.
Porque la Edad del Mundo no se mide en siglos ni en fechas, sino en la hondura con que comprendemos el tránsito de lo que somos.
Hay edades que caben en una lágrima, y otras que duran el instante de un abrazo.
Y hay, también, edades que duelen: las del exilio, la pérdida, la ceguera del progreso.
Pero tú has llegado hasta aquí.
Eso significa que el viaje no fue en vano.
Victor Hugo y Albert Einstein, en su peregrinar a través de estos actos, no han sido personajes, sino faros.
Uno desde la poesía de la humanidad, otro desde la matemática del cosmos.
Ambos saben, y quizá tú también ahora lo presientes, que no hay reloj más sabio que el corazón despierto.
Y que la edad más profunda del mundo es la que aún no ha sido vivida.
Gracias por detenerte entre estas páginas.
Gracias por ser el otro latido de este experimento narrativo.
Si has sentido, aunque sea por un instante que el tiempo no era enemigo, sino espejo, esta obra habrá cumplido su destino.
Con la certeza de que volveremos a encontrarnos,
Tu compañero en esta Edad compartida,
El narrador sin nombre

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