¿Puede transmitirse toda una filosofía sobre la esencia de la amistad en una mera preposición? Si sabemos que Miguel Hernández fue uno de los mayores poetas en nuestra lengua, éste es un gran ejemplo para demostrarlo. Hace falta mucha libertad, mucho dominio del lenguaje, mucha capacidad poética, para hacer lo que hizo el genio de Orihuela en su famosa Elegía a Ramón Sijé, contando con tan solo 25 años de edad.

Pero no nos anticipemos, antes de llegar a ese punto álgido de su literatura, debemos repasar los comienzos. Parece la historia de un guión de Hollywood, pero no es otra cosa que la realidad. El joven pastor de una localidad de Alicante que quiso ser poeta y acabó por gozar del mentorazgo de hombres como Pablo Neruda o Juan Ramón Jiménez. Sus inicios no pudieron ser más bucólicos, apoyado en la tradición clásica compuso los primeros poemas basados en la naturaleza que lo rodeaba, utilizando métricas y modos clásicos, muy alejados de las vanguardias que las élites culturales desarrollaban en Madrid. Sin embargo, su enorme talento despertó la curiosidad de los gurús, y el joven pastor fue acogido por los grandes nombres de la poesía moderna para convertirse en un verdadero poeta.

Fue a partir de ahí que empezaría a adentrarse en los nuevos modos de expresión del surrealismo, el modernismo, y las métricas más libres. Y fue en este momento cumbre de su carrera, cuando recibió el “golpe helado” de la muerte de Ramón Sijé, amigo y escritor de Orihuela con el que había compartido sus años de juventud. Entonces escribe Hernández una elegía que pasaría a los cánones de la poesía española, y es aquí donde pone todo su talento en juego para comunicar una entera filosofía en el uso de una simple preposición. Debemos fijarnos en el comienzo de la elegía, en el epígrafe; esas primeras letras en cursiva que introducen el poema antes del propio comienzo. Este dice así: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”. Si bien lo esperable sería “a quien tanto quería”, el poeta opta por un sutil cambio de preposición que tiene profundo significado. ¿Por qué este cambio? ¿Qué quiere expresar con ello Hernández? Inmediatamente, la preposición “con” nos transporta a su juventud compartida, a su aprendizaje cultural conjunto, a los años de camaradería. Miguel Hernández viene a decirnos que la amistad se basa en querer conjuntamente, en compartir pasiones y sueños, en apoyarse mutuamente en el desarrollo y consecución de los mismos. Con una simple preposición, se resumen cientos de conversaciones, y es que el valor de la amistad no se expresa aquí de persona a persona, sino como el amor compartido por pasiones comunes. Y esto lo escribe Hernández a aquél con quien se inició en los terrenos de la literatura, lo escribe desde Madrid, convertido en un referente de la poesía moderna y compartiendo publicaciones con Juan Ramón Jiménez y Pablo Neruda. ¿Se puede decir más con menos? Simplemente maravilloso.

Pero el destino tenía todavía mucho preparado para los cortos años de vida de Hernández. Si bien la historia del pastor de ovejas convertido en poeta ya era bastante inusual, tuvo que sobrevenir la guerra para que el poeta se convirtiera en guerrillero y más tarde en prisionero. Durante los años que duró la Guerra Civil Hernández ejerció de diplomático en el bando republicano, y formó parte de la llamada poesía de trincheras. No quiso nunca ser un intelectual de retaguardia, y combatió en primera fila el alzamiento fascista alentando a sus compañeros. Al final de la guerra se hallaba en prisión, y aunque gracias al favor de diversas personalidades del terreno de la literatura fue puesto en libertad; lo atraparon de nuevo en la frontera portuguesa y la policía lusa lo entregó a las cárceles españolas.

A partir de ese momento comienza una de las historias de amor más desgarradoras de las que se conserva testimonio. Del tiempo que Miguel Hernández permaneció en prisión se conservan todas las cartas, incluida la correspondencia con su mujer Josefina. En ellas asistimos a la crudeza de la posguerra y la crueldad del encarcelamiento. Con un hijo recién nacido Josefina se ve obligada a alimentarlo sobreviviendo apenas a base de cebollas, y el marido encarcelado, poseedor de una gran sensibilidad, compone poemas y cartas que contienen toda la emoción y la tristeza de que es capaz el ser humano. Es en este momento en que escribe las famosas “Nanas de la cebolla”, en las que desarrolla la imagen de una madre deshaciéndose en hilos de luna blanca para alimentar a su hijo, que debe permanecer ignorante de la desgracia y sonreír, sonreír… Poco después Miguel fallecería sin lograr salir de entre rejas, con tan solo 31 años de edad, ¿quién sabe las fabulosas composiciones de las que sería capaz de haber disfrutado de una larga vida?

Los años durante los que Miguel Hernández respiró sobre este planeta dejaron un poso de aventura, realidad, talento, poesía y desgracia. Si bien debemos agradecer el alimento espiritual que nos ha legado, no podemos más que lamentar que su enorme talento literario se haya visto cristalizado principalmente a través de la desgracia. La muerte prematura de un gran amigo, la guerra fraticida española o el sufrimiento de la precaria maternidad de su mujer… Sin embargo, guardaremos su pasión por la vida y su amor por el mundo:

Tristes guerras
si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.

Tristes. Tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.

Tristes. Tristes.


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Bibliografía:

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