Nacido en el seno de una familia acomodada de París, Marcel Proust tuvo una vida privilegiada que le permitió codearse desde joven con la aristocracia y dedicar su vida a la escritura sin preocuparse por trabajar. Durante mucho tiempo, apenas publicó una serie de artículos y traducciones que no recibieron excesiva atención, hasta que en 1907 comenzó a escribir la que se convertiría en una de las cimas de la literatura del siglo XX, de gran influencia también para la filosofía y la teoría del arte: En busca del tiempo perdido.

El 14 de noviembre de 2013 se cumplieron 100 años desde la publicación original de Por el camino de Swann, el primero de los siete volúmenes que componen la gigantesca novela que Proust no terminaría hasta 1922, año de su muerte. De todas formas, pese a considerarse hoy un hito en la literatura universal, no lo tuvo tan fácil el escritor francés para hacer despegar su gran proyecto. Lo experimental y denso de su obra chocó con lo que las editoriales buscaban, que sistemáticamente la rechazaron. Una de estas negativas ha llegado a nuestros días: "Mi querido amigo, puede que esté muerto de cuello para arriba, pero aún así no veo por qué un tío puede necesitar 30 páginas para describir cómo cambia de postura en la cama antes de dormir".

Pese a todo, Proust no se dio por vencido y pagó de su propio bolsillo a la editorial Grasset, que publicó la mencionada primera parte hace un siglo. Seis años después accedería a publicar una versión modificada la editorial Gallimard, que editaría también los siguientes volúmenes. El último de ellos, El tiempo recobrado, vio la luz en 1927, cinco años después del fallecimiento del escritor, lo que habla del discreto éxito que tuvo en vida, sobre todo fuera de Francia.

Un siglo después, por suerte, se le ha devuelto a Proust parte de su "tiempo perdido" en forma de alabanzas. Si bien no faltan aquellos que lo tacharían de "tostón", críticos en todo el mundo destacan hoy la habilidad del escritor francés para hablarnos de la verdad, la eternidad y el universo a través de los detalles. Esta cita del tercer volumen de En busca del tiempo perdido resume a la perfección esa “búsqueda” de uno mismo que caracteriza al autor:

[…] para dar a conocer la verdad no es necesario decirla, y quizá podamos captarla con mayor certidumbre, sin necesidad de esperar a las palabras y sin siquiera tenerlas mínimamente en cuenta, en mil señales externas e incluso en determinados fenómenos invisibles que son, en el mundo de los caracteres, lo mismo que los cambios atmosféricos en la naturaleza física. Quizá podría haberlo sospechado, pues yo mismo, a la sazón, solía decir a menudo cosas totalmente ajenas a la verdad, mientras la daba a conocer mediante tantísimas confidencias involuntarias de mi cuerpo y de mis actos.

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Bibliografía

En busca del tiempo perdido

 

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