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Érase una vez en el metro


Cuentos breves para seguir leyendo en el busUna de las mejores cosas, por no decir la única, que tiene viajar en transporte público es que puedes  aprovechar el tiempo que inviertes en el trayecto para leer.  La excusa por excelencia  para no tocar un libro es “no tengo tiempo”, y en este caso, precisamente, tiempo es lo que te sobra, si por ejemplo eres de los que vive a las afueras de Madrid y tienes que coger un cercanías, un metro y un autobús para llegar a la Universidad o a tu trabajo.

Es el mejor sitio para leer, y si encima encuentras asiento al principio de tu trayecto, deseas que la parada en la que te tienes que bajar se alargue tres o cuatro estaciones más e incluso deseas quedarte hasta el final de la línea con tal de que puedas terminar el capítulo en el que estás enfrascado.

Yo soy de las que me asomo por encima del hombro del que tengo al lado, y sigo con él la lectura del periódico gratuito que acaba de recoger a la entrada del metro. Y también soy de las que me enfado si estoy leyendo una noticia y el individuo en cuestión decide pasar la página. Y es que me dan ganas de decirle “oye, tú, que yo no he terminado”.

En los transportes públicos de las grandes ciudades te enteras de todas las novedades literarias. Es como el escaparate de las editoriales y dónde ves las tendencias de la temporada: novelas de amor (creo que no había visto nunca a tantas quinceañeras -y treintañeras- con un libro en la mano, como cuando la apareció la saga Crepúsculo en las librerías); thrillers de terror en manos de jovencillos que a su vez llevan la música puesta a todo volumen; biografías de personajes famosos, véase La Reina Doña Sofía, en manos de rechonchas abuelitas; o algún atrevido con pinta de bohemio que todavía sigue leyendo clásicos.

Puedes jugar a  asignar una personalidad a las personas según el libro que lleva en la mano. Algo así como “dime que lees y te diré quién eres”. Pero están los cuidadosos, o llámalo tímidos,  que llevan forrado y bien forrado su libro y no te dejan ver que leen, (solo si el forro traslúcido y un poco sobado te deja adivinar el título). Pero el colmo para las cotillas como yo son los ebooks: ahí sí que no hay manera humana de saber que están leyendo. Ni la habrá nunca.

Así que, por favor,  sean amables y pregunten al viajero que tienen a su derecha y/o izquierda antes de pasar la página; no forren sus libros con papel de periódico o cualquier otro papel que no deje pasar la luz y sobre todo y lo más importante, sigan cogiendo el transporte público y leyendo en él. Pocas cosas dan tanto gusto y cuestan tan poco.

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