Una forma de arte que contempla fielmente la naturaleza sin vulnerar el mundo cotidiano que retrata, es la pintura realista. Una manera de simbolizar los cambios y la realidad por medio de colores más mundanos y crudos, trazos menos fantásticos y tonos más comprometidos socialmente con las siluetas que los inspiran. Un momento retratado con audaz capacidad que enseña a apreciar con veracidad un rostro de mujer o un hombre de a pie que nace, vive y muere.

 

La constitución de este provocativo estilo tiene lugar en la mitad del siglo XIX en Francia. Instaurado sobre el declive de valores costumbristas, surge debido al cansancio y la falta de ilusión que despertaba el Romanticismo. En la pintura se buscaba plasmar una reflexión sobre la realidad, con colores más objetivos y representaciones con trazos más verídicos. De ahí la rudeza visible en los cuadros. Da comienzo a este estilo El taller del pintor de Gustave Courbet, pionero en retratar elementos reales.

Una visión realista del mundo que encendió la mecha y se expandió imparable hacia Alemania, Inglaterra, España e Italia, pasando por los países nórdicos y Rusia, llegando incluso a Estados Unidos y Australia. Una forma rasgada de pensar, una manera nueva de romper estereotipos de sociedades arcaicas y concebir obras de la categoría de Cristo en casa de sus padres del inglés John Everett Millais, La campana de Huesca de José Casado del Alisal oEl asilo de Vladimir Makovsky.

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