El lazarillo de ciegos caminantes: 56 (Narrativa) - Tapa blanda

Carrió De La Vandera, Alonso

 
9788490077559: El lazarillo de ciegos caminantes: 56 (Narrativa)

Sinopsis

El Lazarillo de ciegos caminantes es un extenso itinerario que va desde Montevideo hasta Lima por Buenos Aires, Córdoba, Salta, Potosí, Chuquisaca y Cuzco. Se trata, por lo tanto, de un libro de viajes, una guía pintoresca y útil, documentada y verosímil. Un libro condimentado con "jocosidades para entretenimiento de caminantes", según su mismo prólogo lo asegura. La obra ofrece una visión muy concreta y exacta de la vida americana durante la colonia. Narra con precisión el ambiente de las ciudades, los usos y costumbres de sus habitantes. Con el mismo realismo relata también la rutina de la vida rural. Hasta hoy se ha discutido la autoría de la obra. Pero aunque se trate de Don Calixto Bustamante Carlos, alias Concolorcorvo, o Alonso Carrió de la Vandera, es indudable que representa un texto testimonial irreemplazable. Aquí el talante picaresco no enturbia la visión precisa y verídica de la vida y usanza de finales del siglo XVIII en las tierras del Nuevo mundo.

"Sinopsis" puede pertenecer a otra edición de este libro.

Acerca del autor

La autoría del único libro de Alonso Carrió de la Vandera (España, 1715-1783), inspector del Servicio de Correos entre Montevideo-Buenos Aires y Lima, fue atribuida por casi dos siglos a un mestizo cuzqueño apodado Concolorcorvo, amanuense de Carrió. El lazarillo es un libro de viajes y contiene una de las primeras descripciones de los gauchos, además de constituir una vivaz descripción de la ruta entre Montevideo y Lima con información social, económica, antropológica y lingüística, provista por un observador atento e interpretada desde el punto de vista de europeo.

Fragmento. © Reproducción autorizada. Todos los derechos reservados.

El Lazarillo de Ciegos Caminantes

By Alonso Carrió de la Vandera

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9007-755-9

Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 11,
LA INCÓGNITA DE EL LAZARILLO, 13,
PRÓLOGO Y DEDICATORIA A LOS CONTENIDOS EN ÉL, 19,
PRIMERA PARTE, 33,
CAPÍTULO I, 34,
CAPÍTULO II. BUENOS AIRES. DESCRIPCIÓN DE LA CIUDAD. NÚMERO DE HABITANTES. CORREOS. CAMINOS. LOS INDIOS PAMPAS, 42,
CAPÍTULO III. DE BUENOS AIRES HASTA EL CARCARAÑAL. LAS POSTAS. LA CAMPAÑA Y SUS HABITANTES. LAS TRAVESÍAS, 52,
CAPÍTULO IV. JURISDICCIÓN DE CÓRDOBA. LA CIUDAD Y LA CAMPAÑA. SANTIAGO DEL ESTERO. EL TERRITORIO Y EL SOLDADO SANTIAGUEÑO, 56,
CAPÍTULO V. JURISDICCIÓN DE SAN MIGUEL DEL TUCUMÁN. ARAÑAS QUE PRODUCEN SEDA. LA CIUDAD. DESCRIPCIÓN DE UNA CARRETA. LA MANERA DE VIAJAR, 68,
CAPÍTULO VI. JURISDICCIÓN DE SALTA. EL TERRITORIO Y LA CIUDAD. EL COMERCIO DE MULAS. LAS FERIAS. RUTA DE SALTA AL PERÚ. OTRA RUTA DE SANTA FE Y CORRIENTES, 78,
CAPÍTULO VII. ORIGEN DE LAS MULAS. MODO DE AMANSAR DE LOS TUCUMANOS. MODO QUE TIENEN LOS INDIOS DE AMANSAR LAS MULAS. EL COMERCIO DE LAS MULAS, 100,
CAPÍTULO VIII. JURISDICCIÓN DE JUJUY. LAS POSTAS. BREVE DESCRIPCIÓN DE LA PROVINCIA DEL TUCUMÁN. COSTUMBRES DE LOS GAUDERIOS]TC1 TC1[113,
CAPÍTULO IX. RUTA DESDE BUENOS AIRES A SANTIAGO DE CHILE. LAS POSTAS POR MENDOZA. HABITANTES DE LA CAMPAÑA. SUS COSTUMBRES. EL JUEGO DE LA CHUECA Y DEL PATO. EL PUENTE DEL INCA, 126,
CAPÍTULO X. LA PROVINCIA DE CHICHAS. RIQUEZAS MINERALES. LA PROVINCIA DE PORCO. FIN DE LA PRIMERA PARTE, 131,
SEGUNDA PARTE, 137,
CAPÍTULO XI. POTOSÃ. LA VILLA. RIQUEZAS DEL CERRO. LOS TAMBOS, 138,
CAPÍTULO XII. LA PLATA. DESCRIPCIÓN DE LA CIUDAD. EL ORO DE LOS CERROS, 146,
CAPÍTULO XIII. PROVINCIAS DE PORCO, POOPO Y ORURO. EL ARRENDAMIENTO DEL OFICIO DE CORREOS. INCONVENIENTES DEL PRIVILEGIO. LA CIUDAD Y SUS COSTUMBRES, 152,
CAPÍTULO XIV. PROVINCIA DE POOPO Y SICAFICA. PAZ DE CHUQUIAPO. LAVADEROS DE ORO. PRODUCCIÓN DE LA COCA, 158,
CAPÍTULO XV. PROVINCIAS DE OMASUYOS, PACAGES, CHUCUYTO, PAUCARCOLLA, LAMPA, TINTA Y QUISPICANCHI. LOS INDIOS MITAYOS. EL TRABAJO DE LAS MINAS. AVENTURAS DEL OBISPO DE NUEVA VIZCAYA. LOS LONGEVOS DE COMBAPATA. EL CUZCO, 161,
CAPÍTULO XVI. EL CUZCO. DESCRIPCIÓN DE LA CIUDAD. DEFENSA DEL CONQUISTADOR. INHUMANIDAD DE LOS INDIOS. EL TRABAJO DE LAS MINAS. RESEÑA DE LAS CONQUISTAS MEXICANA Y PERUANA. DEFENSA DEL AUTOR. OPINIÓN DEL VISITADOR, 172,
CAPÍTULO XVII. ACUSACIONES A LOS ESPAÑOLES. LOS REPARTIMIENTOS DE INDIOS. IMAGINARIA TIRANÍA DE LOS CONQUISTADORES. SEGUNDA ACUSACIÓN ESCLAVITUD DE LOS INDIOS. LA TIRANÍA EN EL TRABAJO DE LOS OBRAJES, 182,
CAPÍTULO XVIII. OPINIÓN DEL VISITADOR CARRIÓ SOBRE LOS REPARTIMIENTOS. EL CORREGIDOR Y EL INDIO. LA INDOLENCIA DEL INDIO. OPINIÓN DEL AUTOR. EL NOMBRE DE CONCOLORCORVO. VIRTUDES, CALIDADES Y COSTUMBRES DEL INDIO. EL IDIOMA CASTELLANO Y EL QUICHUA, 190,
CAPÍTULO XIX. LA DOCTRINA ENTRE LOS INDIOS. ERRORES DE LA ENSEÑANZA EN QUICHUA. VICIOS DEL INDIO. SU VALOR E INDUSTRIA. LA CONQUISTA DEL CHACO. MANERA DE GOBERNARLE., 199,
CAPÍTULO XX. LOS NEGROS. CANTOS, BAILES Y MÚSICAS. DIFERENCIAS CON LAS COSTUMBRES DEL INDIO. OFICIOS. EL MESTIZO. EL GUAMANGUINO. LA POBLACIÓN INDÍGENA DEL PERÚ Y MÉXICO. CAUSAS DE LA DISMINUCIÓN. RETRATO DE CONCOLORCORVO, 206,
CAPÍTULO XXI. PROVINCIAS DE CUZCO, ABANCAY, ANDAGUAYLAS, GUANTA, VILCAGUAMÁN Y GUAMANGA. EL PUENTE DE ABANCAY. EL TEMPLO DE COCHARCAS. EL ÁRBOL MILAGROSO. LA POSTA DE HIVIAS. LOS MURCIÉLAGOS. GUAMANGA, 215,
CAPÍTULO XXII. LAS FIESTAS DEL CUZCO. FIESTA SAGRADA. LAS PROCESIONES. DANZAS DE LOS INDIOS. LA TARASCA Y LOS GIGANTONES. FIESTA PROFANA. LA CORRIDA DE TOROS. SERENATAS Y CENAS. LOS CARNAVALES, 221,
CAPÍTULO XVIII. OPINIÓN DEL VISITADOR CARRIÓ SOBRE LOS REPARTIMIENTOS. EL CORREGIDOR Y EL INDIO. LA INDOLENCIA DEL INDIO. OPINIÓN DEL AUTOR. EL NOMBRE DE CONCOLORCORVO. VIRTUDES, CALIDADES Y COSTUMBRES DEL INDIO. EL IDIOMA CASTELLANO Y EL QUICHUA, 225,
CAPÍTULO XXIV. TRÁNSITO POR COTAY A LIMA. QUEBRADAS Y LADERAS. AGUAS DE PIEDRA. LAS HACIENDAS. PUENTES DE MAROMA. MAESTROS DE POSTAS. APÉNDICE DEL ITINERARIO, 231,
APÉNDICE, 238,
CAPÍTULO XXV. SEGUNDA CARRERA DESDE EL CUZCO A LA IMPERIAL VILLA DE POTOSÍ. CARRERA DESDE POTOSÍ A SAN MIGUEL DEL TUCUMÁN. CARRERA DESDE TUCUMÁN A BUENOS AIRES, 240,
CAPÍTULO XXVI. BREVE COMPARACIÓN ENTRE LAS CIUDADES DE LIMA Y EL CUZCO. PARTICULARIDADES CARACTERÍSTICAS. LIMEÑOS Y MEXICANOS. EL TRAJE DE LA LIMEÑA. CAUSAS DE LA VITALIDAD. COSAS SINGULARES. CAMAS NUPCIALES, CUNAS Y AJUARES, 243,
CAPÍTULO XXVII. JUICIO DEL VISITADOR CARRIÓ SOBRE EL ITINERARIO HISTÓRICO DEL AUTOR. COMPARACIÓN ENTRE EL IMPERIO PERUANO Y EL MEXICANO. ANÉCDOTA DE LAS CUATRO P P P P DE LIMA. FIN, 257,
LIBROS A LA CARTA, 263,


CHAPTER 1

Exordio. Montevideo. Los Gauderios


Canendo et ludendo refero vera


Si fuera cierta la opinión común, o llámese vulgar, que viajero y embustero son sinónimos, se debía preferir la lectura de la fábula a la de la historia. No se puede dudar, con razón, que la general extractó su principal fondo de los viajeros, y que algunas particulares se han escrito sobre la fe de sus relaciones. Las cifras de los peruleros en quipus, o nudos de varios colores, los jeroglíficos o pinturas de los mexicanos, la tradición de unos y otros, vertida en cuentos y cantares y otros monumentos corresponden (acaso con más pureza) a nuestros roídos pergaminos, carcomidos papeles, inscripciones sepulcrales, pirámides, estatuas, medallas y monedas, que por su antigüedad no merecen más crédito, porque así como no estorban las barbas para llorar, no impiden las canas para mentir. Con estos aparatos y otros casi infinitos se escribieron todas las historias antiguas y modernas. Los eruditos ponen las primeras en la clase de las fábulas, y a las segundas las comparan a las predicciones de los astrólogos, con la diferencia de que éstos, como conferencian con los dioses, anuncian lo futuro, y aquéllos, no pudiendo consultar más que con los mortales, solo hacen presentes los sucesos pasados.

Supuesta, pues, la incertidumbre de la historia vuelvo a decir, se debe preferir la lectura y estudio de la fábula, porque siendo ella parto de una imaginación libre y desembarazada, influye y deleita más. El héroe que propone es, por lo general, de esclarecida estirpe, hábil, robusto, diligente y de agradable presencia. Insensiblemente le empeña en los lances de peligros. Le acusa sus descuidos y algunas veces los castiga con algún suceso adverso, para que el honor le corrija, y no el miedo. Jamás le desampara ni pierde de vista. En los lances y empresas en que no alcanzan las fuerzas humanas, ocurre a las divinas, por medio de las cuatro principales cartas de aquella celestial baraja.

Juno y Venus, rivales desde la decisión del pastor de Ida, siguen opuesto partido, procurando cada una traer al suyo al altisonante Júpiter que, como riguroso republicano, apetece la neutralidad; pero deseando complacer a las dos coquetas, arroja rayos ya a la derecha, ya a la izquierda, en la fuerza del combate, para que quede indecisa la victoria. La implacable Juno abate toda su grandeza, suplicando a Eolo sople, calme o se enfurezca. La bizca manda a Marte, como Proserpina a un pobre diablo. Palas no sale de la fragua del cojo herrero hasta ver a su satisfacción templados broqueles y espadas, y la sabia diosa no se desdeña transformarse en un viejo arrugado y seco, para servir de ayo y director del hijo único de Penélope. En fin, triunfa el principal héroe de la fábula, que coloca en el inmortal sagrado templo de la fama bella.

No se debe extrañar mucho que los dioses de la gentilidad se interesen en los progresos de los mortales, porque descendiendo de la tierra, es natural tengan algún parentesco o alianza con los héroes de la fábula, o lo menos los moverá el amor de la patria de donde derivan su origen. Lo que causa admiración es que los diablos, así pobres como ricos, y de quienes hacen tan mal concepto vivos y difuntos, franqueen sus infiernos a estos héroes hasta llegar al gabinete de Plutón, y Proserpina, sin impedimento del rígido Radamante y del avaro Charón, como dicen los franceses fort bien. Pero lo que más asombra es la benignidad del dios de los infiernos en haber permitido la salida de ellos a los hijos de Ulises y de Apolo. Algunas veces me puse a discurrir el motivo que tendría Orfeo para buscar a su mujer en los infiernos, habiendo muerto con verdaderas señales de mártir de la honestidad, y a Telémaco solicitar a su padre en los campos Elipsios, siendo constante que fue un héroe algo bellaco; pero no es lícito a los mortales averiguar los altos juicios de los dioses.

Sin embargo, de los prodigios que cuentan los fabulistas, vemos que en todas edades y naciones se han aplicado a la historia los hombres más sabios. No se duda que algunos han sido notados de lisonjeros, y aún de venales, pero no faltaron otros tan ingenuos que no perdonaron a sus parientes y amigos, haciendo manifiestos sus defectos y publicando las buenas prendas de sus más acérrimos enemigos. Todos concurrimos a la incertidumbre de la historia, porque no hay quien no lea con gusto los aplausos que se hacen a su nación y que no vitupere al que habla de ella con desprecio o con indiferencia. En toda la Europa tiene gran crédito nuestro historiador Mariana por su exactitud e ingenuidad, y con todo eso, muchos de los nuestros le tienen por sospechoso, y desafecto a la nación. La más salada en disparates, honró a Mariana con el epíteto, que se da comúnmente a las inquilinas de Lupa, por que hablando de sus antepasados, los trató de incultos y de lenguaje bárbaro y grosero. Dudo que fuesen más pulido los montañeses de Asturias, Galicia y Navarra, pero pasamos este rasgo a Mariana por la complacencia que tenemos en oír la defensa de los vulgares vizcaínos.

Los viajeros (aquí entro yo), respecto de los historiadores, son lo mismo que los lazarillos, en comparación de los ciegos. Estos solicitan siempre unos hábiles zagales para que dirijan sus pasos y les den aquellas noticias precisas para componer sus canciones, con que deleitan al público y aseguran su subsistencia. Aquellos, como de superior orden, recogen las memorias de los viajeros más distinguidos en la veracidad y talento. No pretendo yo colocarme en la clase de éstos, porque mis observaciones solo se han reducido a dar una idea a los caminantes bisoños de el camino real, desde Buenos Aires a esta capital de Lima, con algunas advertencias que pueden ser útiles a los caminantes y de algún socorro y alivio a las personas provistas en empleos para este dilatado virreinato, y por esta razón se dará a este tratadito el título de Lazarillo de bisoños caminantes. Basta de exordio y demos principio a nuestro asunto. XXXX Tengo dicho en mi Diario Náutico que a los ochenta y cuatro días de haber salido de la ría de la Coruña, en el paquebote correo de S. M. nombrado el «Tucumán», dimos fondo a la vela en la algosa arena de la mejor ensenada que tiene el Paraná. Al amanecer del siguiente día, y mientras se preparaba la lancha, me despedí de los oficiales y equipaje con alegre pena y en particular del salado contramaestre, a quien llamé aparte y pregunté confidencialmente y bajo de palabra de honor, me diese su dictamen sobre la vagante isla de Samborombón. Se ratificó en lo que me dijo, cuando nos calmó el viento entre las islas de Tenerife, Gomera, Palma y Fierro: esto es, que en ningún tiempo se veía la isla en cuestión, sino en el de vendimia, aunque subiesen sus paisanos sobre el pico de Tenerife; le volví a suplicar me dijese lo que sabía sobre el asunto de llamar a aquella fantástica isla de Samborombón, y me respondió con prontitud que no había visto el nombre de tal santo en el calendario español, ni conocía isleño alguno con tal nombre, ni tampoco a ninguno de los extranjeros con quienes había navegado, y que, desde luego, se persuadía que aquel nombre era una borondanga, o morondanga, como la que dijo Dimas a Gestas. Le abracé segunda vez, y haciendo otra reverencia a los oficiales, me afiancé de los guardamancebos para bajar a la lancha, porque en estos pequeños bajeles es ociosa la escala real. Empezaron a remar los marineros a la flor del agua y palanquearon hasta poner la proa poco más de una vara de la dura arena, a donde se desciende por una corta planchada. Desde la playa a la población hay una corta distancia, que se sube sin fatiga, y en su planicie está fundada la novísima ciudad con el título de Montevideo voz bárbara, o a lo menos viciada o corrompida del castellano, Monteveo, o portugués Monteveio, o de latín Montemvideo. En atención a su hermosa ensenada y otros respetos, dio principio a su fundación el año de 1731, con corta diferencia, don Bruno de Zabala, con catorce o quince familias que se condujeron por don Domingo de Basavilbaso, en navío de don Francisco Alzaibar, de la isla y ciudad de la Palma, una de las Canarias. Se hallaba de gobernador interino, por ausencia del propietario, brigadier don Agustín de la Rosa, el mariscal de campo don Joaquín de Viana, que había sido antes gobernador, con general aceptación. Tiene una fortaleza que sirve de ciudadela, y amenaza ruina por mal construida. Una distancia grande de la playa guarnece una muralla bien ancha de tapín, con gruesos y buenos cañones montados. Además de la guarnición ordinaria, se hallaba en ella y en el destacamento de San Carlos el regimiento de Mallorca y los voluntarios de Cataluña. Estaba de comandante del puerto el capitán de navío don José Díaz Veanes, con dos fragatas y un cabequín, y de administrador de correos de mar y tierra don Melchor de Viana, y de interventor don Joaquín de Vedia y la Cuadra, personas de estimación y crédito, con un oficial que asiste a la descarga y carga de los bajeles, todos a sueldo por la renta.


El número de vecinos de esta ciudad y su ejido, aseguran llega a mil. Los curas anteriores al actual no han formado padrones, enfermedad que casi cunde a todo el Tucumán. El año de 1770 nacieron en la ciudad y todo su ejido 170 y murieron 70, prueba de la sanidad del país y también de la poca fecundidad de las mujeres, si fijamos el número de un mil vecinos. Lo más cierto es que los casados no pasarán de trescientos, y que el crecido número que regulan se compone de muchos desertores de mar y tierra y algunos polizones, que a título de la abundancia de comestibles ponen pulperías con muy poco dinero para encubrir sus poltronerías y algunos contrabandos, que hoy día, por el sumo celo de los gobernadores actuales de Buenos Aires y Montevideo, no son muy frecuentes.

También se debe rebajar del referido número de vecinos muchos holgazanes criollos, a quienes con grandísima propiedad llaman gauderios, de quienes trataré brevemente. En esta ciudad y su dilatada campaña no hay más que un cura, cuyo beneficio le rinde al año 1500 pesos, tiene un ayudante y cinco sacerdotes avecindados, y no goza sínodo por el rey. Hay un convento de San Francisco, con ocho sacerdotes, tres legos y tres donados, que se mantienen de una estanzuela con un rebaño de ovejas y un corto número de vacas, sin cuyo arbitrio no pudieran subsistir en un país tan abundante, en que se da gratuitamente a los ociosos pan, carne y pescado con abundancia, por lo que creo que los productos de la estancia no tendrán otro destino que el del templo y algunos extraordinarios que no se dan de limosna.

El principal renglón de que sacan dinero los hacendados es el de los cueros de toros, novillos y vacas, que regularmente venden allí de seis a nueve reales, a proporción del tamaño. Por el número de cueros que se embarcan para España no se pueden inferir las grandes matanzas que se hacen en Montevideo y sus contornos, y en las cercanías de Buenos Aires, porque se debe entrar en cuenta las grandes porciones que ocultamente salen para Portugal y la multitud que se gasta en el país. Todas las chozas se techan y guarnecen de cueros, y lo mismo los grandes corrales para encerrar el ganado. La porción de petacas en que se extraen las mercaderías y se conducen los equipajes son de cuero labrado y bruto. En las carretas que trajinan a Jujuy, Mendoza y Corrientes se gasta un número muy crecido, porque todos se pudren y se encogen tanto con los soles, que es preciso remudarlos a pocos días de servicio; y, en fin, usan de ellos para muchos ministerios, que fuera prolijidad referir, y está regulado se pierde todos los años la carne de 2000 bueyes y vacas, que solo sirven para pasto de animales, aves e insectos, sin traer a la cuenta las proporciones considerables que roban los indios pampas y otras naciones.


La dirección general de correos había pensado aprovechar mucha parte de esta carne para proveer las reales armadas, en lugar de la mucha que se lleva a España del Norte. Calculados los costos, se halló que con una ganancia bien considerable se podría dar el quintal de carne neta al precio que la venden los extranjeros, en bruto, y que muchas veces introducen carnes de ganados que mueren en las epidemias y de otros animales. Se han conducido a España varios barriles de carne salada en Montevideo, y ha parecido muy buena; pero como este proyecto era tan vasto, se abandonó por la dirección general, siendo digno de lástima que no se emprenda por alguna compañía del país o de otra parte. Yo solo recelo que el gusto de las carnes y el jugo sería de corta duración y que perdería mucho en el dilatado viaje de Montevideo a España.


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