Ken Follett Los Pilares de la Tierra

ISBN 13: 9788484503989

Los Pilares de la Tierra

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9788484503989: Los Pilares de la Tierra

Los pilares de la tierra es una novela histórica del autor británico Ken Follett ambientada en Inglaterra en la Edad Media en el siglo XII durante un periodo de guerra conocido como la Anarquía inglesa, aunque también recrea un viaje de peregrinación a Santiago de Compostela a través de Francia y España. El autor sorprendió con esta novela no sólo a sus lectores, ávidos de thrillers, sino también a sus editores con su contenido y longitud. Fue publicada en 1989, y se convirtió en el mayor best-seller de Follett. Su secuela se llama Un mundo sin fin.

El título ya de por sí es revelador.
Una catedral gótica y su proceso de construcción sirven de excusa para la articulación de una historia que transcurre en la Edad Media, época de caballeros y escuderos, pero con un contenido sin anacronismos, en el que se entrecruzan sentimientos atemporales, como el odio, el amor, la venganza, o el miedo.

El punto de partida es el ahorcamiento de un personaje extravagante, y la maldición que su mujer perpetra a sus acusadores. Por otro lado, Tom, un constructor, y su familia, comienzan un viaje sin retorno por los tortuosos caminos de Inglaterra, tratando de encontrar trabajo. Tom aspira a participar en la construcción de un edificio catedralicio, es su gran sueño. A partir de ahí, se sucederá una cascada de acontecimientos, y nunca mejor dicho. No tenemos ante nosotros un manual de construcción, sino un libro donde las vivencias de los personajes ocupan un primer plano.

Una vez uno se adentra en la trama, no puede dejar de leer.

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About the Author:

Ken Follett nació en Cardiff (Gales) y cuando tenía diez años su familia se mudó a Londres. Se licenció en filosofía en la Universidad de Londres y posteriormente se dedicó al periodismo. Durante sus años de reportero empezó a escribir obras de ficción. Sin embargo hasta 1978 no se convirtió en escritor de éxito, con la publicación de El ojo de la aguja. A partir de entonces, cada novela de Ken Follett se convierte en un éxito internacional. Actualmente vive en una vieja rectoría de Hertfordshire con su esposa Barbara.

Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved.:

1
 
Tom estaba construyendo una casa en un gran valle, al pie de la empinada ladera de una colina y junto a un burbujeante y límpido arroyo.

Los muros alcanzaban un metro de altura y seguían subiendo rápidamente. Los dos albañiles que
Tom había contratado trabajaban sin prisa aunque sin pausa de sol a sol, con sus paletas, mientras el peón que los acompañaba sudaba bajo el peso de los grandes bloques de piedra. Alfred, el hijo de Tom, estaba mezclando argamasa, cantando en voz alta al tiempo que arrojaba paletadas de arena en un pilón. Junto a Tom había también un carpintero, que en su banco de trabajo tallaba cuidadosamente un trozo de abedul con una azuela.
Alfred tenía catorce años y era alto como Tom. Éste superaba en una cabeza a la mayoría de los hombres y Alfred sólo medía unos cinco centímetros menos y seguía creciendo. Físicamente también eran parecidos. Ambos tenían el pelo castaño claro y los ojos verdosos con motas color marrón. La gente decía que los dos eran bien parecidos. Lo que más los diferenciaba era la barba. La de Tom era castaña y rizada, mientras que Alfred sólo podía presumir de una hermosa pelusa rubia. Tom recordaba con cariño que había habido un tiempo en que su hijo tenía el pelo de ese mismo color. Ahora Alfred estaba convirtiéndose en un hombre, y Tom hubiera deseado que se tomara algo más de interés por el trabajo, porque aún tenía mucho que aprender para ser albañil como su padre. Pero hasta el momento los principios de la construcción sólo parecían aburrir y confundir al muchacho.

Cuando la casa estuviera terminada sería la más lujosa en muchos kilómetros a la redonda. La planta baja se utilizaría como almacén, y su techo abovedado evitaría el peligro de incendio. La gran sala, que en realidad era donde la gente hacía su vida, estaría encima y se accedería a ella por una escalera exterior. La altura haría que resultase difícil atacar la casa y en cambio muy fácil defenderla. Adosada al muro de la sala habría una chimenea que expulsaría el humo del hogar. Se trataba de una innovación impresionante. Tom sólo había visto una casa con chimenea, pero le había parecido una idea tan excelente que de inmediato se sintió dispuesto a copiarla. En un extremo de la casa, encima de la sala, habría un pequeño dormitorio, porque eso era lo que ahora exigían las hijas de los condes, demasiado delicadas para dormir en la sala con los hombres, las mozas de la servidumbre y los perros de caza. La cocina la construiría aparte, pues más tarde o más temprano todas se incendiaban y el único remedio era que estuviesen alejadas y conformarse con que la comida llegara tibia a la mesa.

Tom estaba haciendo la puerta de entrada. Las jambas debían ser redondas para que diesen la impresión de columnas, un toque de distinción para los nobles recién casados que habitarían la casa. Sin apartar la vista de la plantilla de madera modelada, Tom colocó su cincel en posición oblicua contra la piedra y lo golpeó suavemente con el gran martillo de madera. De la superficie se desprendieron unos pequeños fragmentos. Repitió la operación. La superficie estaba quedando tan redondeada y lisa como la de una catedral.

En otro tiempo Tom había trabajado precisamente en una catedral, la de Exeter. Al principio lo hizo como si se tratara de un trabajo más, y se sintió molesto y resentido cuando el maestro constructor le advirtió que su trabajo no se ajustaba del todo a las exigencias requeridas, ya que él tenía el convencimiento de que era bastante más cuidadoso que la mayoría de los albañiles. Sin embargo, pronto comprendió que no bastaba que los muros de una catedral estuvieran bien construidos. Tenían que ser perfectos, porque una catedral era para Dios y también porque siendo un edificio tan grande la más leve inclinación de los muros, la más insignificante variación en el nivel podía debilitar la estructura de forma fatal. El resentimiento de Tom se transformó en fascinación. La combinación de un edificio enormemente ambicioso con la más estricta atención al más ínfimo detalle, le abrió los ojos a la maravilla de su oficio. Del maestro de Exeter aprendió lo importante de la proporción, el simbolismo de diversos números y las fórmulas casi mágicas para lograr el grosor exacto de un muro o el ángulo de un peldaño en una escalera de caracol. Todas esas cosas le cautivaban. Y quedó verdaderamente sorprendido al enterarse de que muchos albañiles las encontraban incomprensibles.

Al cabo de un tiempo se había convertido en la mano derecha del maestro constructor, y fue entonces cuando empezó a darse cuenta de las limitaciones del maestro. El hombre era un gran artesano, pero un organizador incompetente. Se encontraba absolutamente desconcertado ante problemas tales como el modo de conseguir la cantidad de piedra exacta para no romper el ritmo de los albañiles, el asegurarse de que el herrero hiciera un número suficiente de herramientas útiles, el quemar cal y acarrear arena para quienes hacían la argamasa, el talar árboles para los carpinteros y recaudar el suficiente dinero del cabildo de la catedral para pagar por todo ello.
De haber permanecido en Exeter hasta la muerte del maestro constructor, era posible que hubiera llegado a reemplazarlo en su puesto, pero el cabildo se quedó sin dinero, en parte a causa de la mala administración de aquél, y los artesanos debieron irse a otra parte en busca de trabajo. El gobernador de Exeter le ofreció el puesto de constructor, para reparar y mejorar las fortificaciones de la ciudad. Sería un trabajo para toda la vida, salvo imprevistos, pero Tom lo rechazó porque quería participar en la construcción de otra catedral.

Agnes, su mujer, jamás comprendió esa decisión. Podían haber tenido una buena casa de piedra, criados y establos, y todas las noches habría carne sobre la mesa a la hora de la cena. Jamás perdonó a Tom que rechazara aquel trabajo. No atinaba a comprender aquel terrible deseo por construir una catedral, provocado por la sorprendente complejidad de la organización, el desafío intelectual de los cálculos, la imponente belleza y grandiosidad del edificio acabado. Una vez que Tom hubo paladeado ese vino, nunca más pudo satisfacerle otro inferior.

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Editorial: Debolsillo (1999)
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