Bram Stoker Dracula

ISBN 13: 9788476391099

Dracula

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9788476391099: Dracula

Cuando les pregunté por el conde Drácula y por su castillo, ambos se santiguaron y, después de asegurar que no sabían nada, no volvieron a abrir la boca. Faltaba tan poco para partir que no me dio tiempo a averiguar algo más, pero todo me resultaba muy misterioso y nada tranquilizador.

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About the Author:

Bram Stoker was an Irish novelist whose work, Dracula, is known worldwide.

Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved.:

PRIMERA PARTE DEL DIARIO DE
JONATHAN HARKER, PUBLICADO FUERA
DE LA PRIMITIVA EDICIÓN

El invitado de Drácula

Cuando partí de excursión, Munich se hallaba iluminado por un bello sol, y el aire estaba lleno de la alegría de comienzos de estío. El coche se movía ya cuando herr Delbrück (el propietario del hotel Las Cuatro Estaciones, donde yo me había alojado), corrió hacia mí para desearme un feliz paseo; luego, con la mano en la portezuela, se dirigió al cochero:

—Sobre todo, regresa antes del anochecer. Ahora luce el sol, pero el viento del norte tal vez, a pesar de todo nos traiga una tormenta. Claro que es inútil recomendarte prudencia, amigo, puesto que tan bien como yo sabes que esta noche no hay que andar por los caminos.

Sonrió al pronunciar las últimas palabras.

Ja, mein Herr —asintió Johann con expresión de complicidad y llevándose dos dedos a la gorra.

Después, azuzó a los caballos a toda velocidad.

Cuando nos encontramos ya fuera de la ciudad, le pedí que parase.

—Dime, Johann —le pregunté—, ¿por qué el propietario del hotel se ha referido, de forma tan especial, a la noche que se avecina?

Walpurgis Nacht! —respondió el cochero, después de santiguarse.

Sacó un reloj del bolsillo, un enorme reloj alemán de plata, del grosor de un nabo, lo consultó, frunciendo el entrecejo, y se encogió de hombros ligeramente, con un movimiento de contrariedad.

Comprendí que aquélla era su forma de protestar respetuosamente contra aquel retraso inútil, por lo que volví a dejarme caer en mi asiento. Al instante, el carruaje volvió a ponerse en marcha a toda prisa, como si deseara recobrar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos enderezaban bruscamente la cabeza, relinchando, como si un olor que sólo ellos podían percibir les inspirase cierto temor. Cada vez que les veía asustados de este modo, yo, bastante inquieto también, a mi pesar, contemplaba el paisaje que me rodeaba. El camino se hallaba batido por el viento, ya que desde hacía un buen rato estábamos ascendiendo por una ladera, a fin de llegar a una especie de meseta. Poco después distinguí una senda que, aparentemente, era muy poco frecuentada y que, según creí vislumbrar, descendía hacia un estrecho valle. Sentí un vivo anhelo de seguirla y, aun a riesgo de importunar a Johann, le pedí de nuevo que se detuviese y le explicase mis deseos de continuar por aquella senda. Buscando toda clase de pretextos, me contestó que era imposible... y en tanto hablaba se persignó varias veces. Despertada de este modo mi curiosidad, le formulé numerosas preguntas, a las que respondió con evasivas, sin dejar de consultar su reloj a cada instante... a guisa de protesta. Por fin, no pude más.

—Johann —le comuniqué con firmeza—, yo descenderé por ese camino. No te obligo a acompañarme, pero quisiera saber por qué te niegas a ir por ahí.

Por toda respuesta, con un brinco rápido, saltó del pescante. Una vez en tierra, cruzó las manos y me suplicó que no me internase por aquella senda. Como mezclaba a su alemán bastantes expresiones inglesas, no pude equivocarme respecto al sentido de sus palabras. Continuaba dándome la sensación de querer decirme algo... advertirme de algo, cuya sola idea, sin duda alguna, le atemorizaba enormemente, mas cada vez se reprimía, repitiendo simplemente, tras persignarse:

Walpurgis Nacht! Walpurgis Nacht!

Hubiera querido discutir con él, mas ¿cómo se puede discutir cuando se desconoce el lenguaje del interlocutor? Johann tenía una gran ventaja sobre mí, pues aunque trataba constantemente de emplear las pocas palabras inglesas que conocía, siempre acababa por excitarse y hablar exclusivamente en alemán... e invariablemente me enseñaba su reloj para darme a entender la hora. Los caballos también se mostraban impacientes y relinchaban con intermitencias; al ver esto, el cochero palidecía y miraba a su alrededor atemorizadamente. De pronto, cogiendo las bridas de los animales, los condujo varios metros más lejos.

Luego, se persignó, me enseñó el lugar en cuestión, hizo avanzar un poco más el carruaje hacia la ruta opuesta, y con el dedo tendido hacia una cruz que se alzaba allí, me espetó, primero en alemán y después en mal inglés:

—Allí enterraron a la que se mató.

Me acordé entonces de la antigua costumbre de enterrar a los suicidas cerca de las encrucijadas.

—¡Ah, una suicida! —exclamé—. Sí, es muy interesante.

Pese a ello, seguía sin comprender por qué los caballos estaban tan asustados.

Mientras discutíamos, oímos en lontananza un grito que era a la vez un ladrido y un aullido; sonó muy lejos, sí, pero los caballos comenzaron a encabritarse y Johann pasó grandes dificultades para apaciguarlos. Se volvió hacia mí, con voz temblorosa:

—Parecía un lobo. Sin embargo, por esta región no los hay.

—¿No? ¿Hace mucho tiempo que los lobos no se acercan a la ciudad?

—Hace mucho tiempo, al menos en primavera y verano. No obstante, a veces se les ve... en la nieve.

Acariciaba a los animales, intentando calmarlos. De repente, el Sol quedó oculto por enormes nubarrones que, en muy pocos instantes, cubrieron todo el cielo. Casi al mismo tiempo, un viento helado comenzó a soplar...mejor dicho, una sola racha de aire helado, que no debía ser un signo precursor de tormenta ya que, casi al momento, el Sol brilló de nuevo.

Haciendo visera con la mano, Johann examinó el horizonte.

—No tardaremos mucho en tener una tormenta de nieve.

Volvió a consultar su reloj y, sosteniendo las riendas con más firmeza, ya que seguramente el nerviosismo de los caballos le hacía temer lo peor, subió otra vez al pescante, dispuesto a reanudar el viaje.

En cuanto a mí, aún deseaba saber algunas cosas.

—¿Adónde conduce esa senda que usted se niega a tomar? —pregunté—. ¿Adónde lleva?

Se santiguó y murmuró una plegaria antes de contestar.

—Es un camino... prohibido.

—¿Prohibido? ¿Adónde va?

—Al pueblo.

—¡Ah! ¿Hay un pueblo allá abajo?

—No, no, hace siglos que nadie vive en él.

—Y sin embargo, usted ha hablado de un pueblo.

—Sí, lo hubo en tiempos.

—¿Qué pasó?

Acto seguido, Johann inició un relato muy largo, en alemán, con expresiones inglesas, tan embrollado que apenas podía seguirle.

Creí comprender, sin embargo, que en otros tiempos, varios centenares de años atrás, murieron varios individuos de aquel pueblo, a los que enterraron; luego, se oyeron ruidos extraños bajo tierra, y cuando abrieron las tumbas, aquellos individuos, hombres y mujeres, aparecieron llenos de vida, con los labios muy enrojecidos. Así, para salvar sus vidas y sobre todo sus almas, añadió Johann volviendo a hacer la señal de la cruz, los habitantes de la aldea huyeron hacia otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos, como era lo normal.

Evidentemente, el cochero estuvo a punto de pronunciar ciertas palabras y, en el último instante, le habían asustado hasta el punto de no expresarlas.

Durante su relación se fue excitando cada vez más, concluyendo en medio de un verdadero ataque de pánico, pálido como la misma muerte, sudando gruesas gotas y mirando a su alrededor como si temiese la manifestación visible de algo muy temible en aquella llanura donde el Sol brillaba en todo su esplendor.

Walpurgis Nacht! —repitió por fin, como un grito de desesperación.

Después, me señaló el coche suplicándome con el gesto que subiese a él.

Mi sangre inglesa se me subió a la cabeza y retrocedí un par de pasos.

—Tienes miedo, Johann, tienes miedo —le recriminé—. Bien, regresa a Munich; yo volveré solo. Creo que me sentará bien un paseo a pie.

Como la portezuela estaba abierta, sólo tuve que inclinarme para coger mi bastón de madera de fresno que, en las vacaciones, llevaba siempre conmigo.

—Sí, regresa a Munich —repetí—. La noche de Walpurgis no amedrenta a los ingleses, ni tiene nada que ver con nosotros.

Los caballos volvían a encabritarse y Johann apenas conseguía retenerlos por las riendas; sin embargo, seguía rogándome que no cometiera aquella insensatez.

En mi interior me sentía apiadado de aquel pobre chico que se tomaba el asunto tan a pecho. Sin embargo, por otro lado, me burlaba de él. Su espanto le había hecho olvidarse de que debía expresarse en inglés, y continuó farfullando en alemán, lo que resultaba ya francamente enojoso.

Con el índice, le indiqué el camino de Munich.

—¡A Munich! —le grité, y dando media vuelta me apresté a descender por el sendero hacia el valle.

Con un gesto de verdadera desesperación, Johann hizo girar el carruaje hacia Munich.

Apoyado en mi bastón, seguí al coche con la vista; se alejó lentamente.

De repente, encima de la colina apareció la silueta de un hombre, un hombre alto y delgado, al que distinguí bien a pesar de la distancia. Al acercarse a los caballos, éstos empezaron a relinchar y encabritarse, llenos de terror. Johann no consiguió dominarlos y se desbocaron. No tardé en perder de vista el carruaje. Entonces, volví la vista hacia el desconocido pero me di cuenta de que también se había esfumado.

Con el corazón muy ligero eché a andar por el camino que tanto amedrentaba al pobre Johann. En realidad, no conseguía entender sus temores.

Anduve tal vez dos horas sin darme cuenta del paso del tiempo ni de la distancia recorrida y, asimismo, sin tropezar con ningún ser viviente. Tampoco había por allí ningún edificio ni alquería, hasta donde podía divisar. La comarca estaba totalmente desierta.

De esto, no obstante, no me di plena cuenta hasta que alcancé el lindero de un bosque de vegetación poco densa. Sólo entonces comprendí la impresión que me había causado el desolado aspecto de aquella parte del país.

Me senté a descansar, y, poco a poco, fui observando todo cuanto me rodeaba. No tardé en notar que hacía más frío que al iniciar mi paseo, al tiempo que creía oír, de cuando en cuando, un largo y profundo suspiro entrecortado, seguido de una especie de mugido ahogado. Levanté la vista y percibí en el cielo unos gruesos nubarrones que desde el norte corrían hacia el sur. No tardaría en estallar la tormenta. Sentí un estremecimiento, pensando que había descansado demasiado rato. Por tanto, reanudé mi paseo.

El paisaje era realmente maravilloso. La mirada no se sentía atraída por tal o cual cosa notable, mas dondequiera que mirase, mis ojos observaban una belleza imponderable.

La tarde tocaba a su fin, y cuando empecé a preguntarme por dónde debería regresar a Munich, caía el crepúsculo.

La claridad diurna iba extinguiéndose, cada vez hacía más frío y las nubes que se acumulaban en el firmamento eran a cada instante más menazadoras, estando acompañadas de un estruendo lejano, en medio del cual surgía, en ocasiones, el grito misterioso que el cochero había reconocido como el aullido del lobo.

Vacilé un instante; sin embargo, estaba decidido a llegar a la aldea abandonada. Proseguí mi marcha y no tardé en alcanzar una vasta llanura rodeada de colinas de laderas totalmente arboladas. Seguí con la vista la ruta sinuosa que desaparecía en un recodo, tras de un denso bosquecillo de árboles que crecían al pie de una loma.

Me hallaba aún contemplando aquel panorama cuando, de repente, sopló un viento helado y comenzó a nevar. Pensé en los muchos kilómetros que había recorrido por aquella campiña desierta, y fui a guarecerme bajo aquellos árboles que se alzaban frente a mí.

El cielo se oscurecía cada vez más; los copos de nieve eran más gruesos y espesos, cayendo con una rapidez vertiginosa, y la tierra, ante mí, no tardó en convertirse en una alfombra de blancura deslumbrante, cuyo final no lograba distinguir, ya que se perdía en una densa neblina.

Reanudé mi camino, pero la senda era muy mala; sus flancos se confundían con el campo o con el lindero del bosque, y la nieve entorpecía aún más mi marcha. No tardé en darme cuenta de que me había apartado del camino, ya que mis pies, bajo la nieve, se hundían más cada vez en la hierba y, al parecer, en una especie de musgo.

El viento soplaba con violencia, el frío era intenso, y empecé a sufrir realmente, a despecho del ejercicio que me veía obligado a hacer en mi esfuerzo por avanzar. Los torbellinos de nieve casi me impedían mantener los ojos abiertos. De vez en cuando, un relámpago desgarraba las nubes y, durante un par de segundos, veía ante mí unos árboles corpulentos, particularmente tejos y cipreses, recubiertos de nieve.

Al abrigo de los árboles y envuelto por el silencio de la campiña, sólo oía silbar el viento por encima de mi cabeza. La oscuridad creada por la tormenta quedó tragada por la definitiva oscuridad de la noche.

Poco después, la tormenta pareció alejarse; sólo continuaron soplando algunas ráfagas de viento de una extremada fuerza y, de vez en cuando, me parecía escuchar el aullido misterioso, casi sobrenatural, del lobo, repetido por un eco múltiple.

En ocasiones, entre las enormes nubes negras, aparecía un rayo de luna que iluminaba todo el paisaje; de este modo, conseguí darme cuenta de que había llegado al borde de lo que parecía un bosque de tejos y cipreses. Como había cesado de nevar, abandoné mi refugio para examinar más de cerca cuanto me rodeaba.

Me dije que tal vez hallaría una casa, aunque fuese en ruinas, lo cual constituiría un refugio mucho más seguro. A lo largo de la linde del bosque, comprendí que estaba separado del mismo por un muro de poca altura, mas no muy lejos de allí descubrí una brecha. En aquel sitio, el bosque de cipreses se abría en dos filas paralelas que formaban una avenida que conducía a una mole cuadrada que debía de ser un edificio. Pero en el mismo instante de distinguirlo, las nubes velaron la Luna, por lo que recorrí la avenida en medio de una completa oscuridad. Mientras andaba iba temblando de frío, mas me esperaba un refugio y esta esperanza guiaba mis pasos. En realidad, avanzaba lo mismo que un ciego.

Me detuve, extrañado del súbito silencio. La tormenta se había alejado y, se habría dicho, en comunión con la calma de la Naturaleza, que mi corazón dejaba de latir, al menos en apariencia. Esto sólo duró un instante, ya que la Luna volvió a surgir por entre las nubes y entonces vi que me hallaba en un cementerio y que el edificio cuadrado, al fondo de la avenida, era un gran sepulcro de mármol, blanco como la nieve que lo cubría casi por completo, lo mismo que al cementerio.

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Descripción Montesinos. Estado de conservación: New. "Yo soy Drácula. Le doy la bienvenida, señor Harker, a mi casa". Con estas palabras se presenta el conde a Jonathan Harker, el héroe del relato clásico de Bram Stoker. Se ha convertido en una de las presentaciones más famosas de la historia de la narrativa, repetida hasta la saciedad no sólo por un siglo de lectores (Drácula no ha dejado de publicarse desde la primera edición de 1897 en Inglaterra), sino también por docenas de actores de teatro y cine. *** Nota: EL COSTE DE ENVÍO A CANARIAS ES 8 euros. Si ha realizado un pedido con destino a CANARIAS no podemos hacer el envío con un coste de 3,5 euros . Nos pondremos en contacto con usted para comunicar el coste total del envío a Canarias y si está de acuerdo, Abebooks le efectuará el cargo adicional. Nº de ref. de la librería 83327

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