Renzo Piano: La responsabilidad del arquitecto. Conversación con Renzo Cassigoli

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9788425220456: Renzo Piano: La responsabilidad del arquitecto. Conversación con Renzo Cassigoli
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Renzo Piano. La responsabilidad del arquitecto. Conversación editado por Gustavo Gili

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Reseña del editor:


La arquitectura es un oficio de servicio, pues eso es lo que es: un servicio. La arquitectura es un oficio complejo porque el momento expresivo formal es un momento de síntesis fecundado por todo aquello que se encuentra detrás de la arquitectura: la historia, la sociedad, el mundo real de la gente, sus emociones, esperanzas y esperas; la geografía y la antropología, el clima, la cultura de cada país donde se va a trabajar; y, de nuevo, la ciencia y el arte. La arquitectura es un oficio artístico, aunque al mismo tiempo también es un oficio científico; éste es justamente su hecho distintivo. Renzo Piano
Renzo Piano (Génova, 1937) es arquitecto por el Politécnico de Milán. Tras haber trabajado en su época de estudiante para Franco Albini, en 1971 funda un estudio con Richard Rogers, con quien construye en Centre Georges Pompidou de París. En 1977 se asocia con el ingeniero Peter Rice, relación se mantiene hasta la muerte de Rice en 1993. Más tarde fundó el Renzo Piano Building Workshop, con despachos en Génova y París, donde trabajan unas 100 personas entre arquitectos, ingenieros, estudiantes y especialistas.

Extracto. © Reimpreso con autorización. Reservados todos los derechos.:



Extracto del primer capítulo:

'Punta Nave

No era la primera vez que me acercaba a Punta Nave, al Renzo Piano Building Workshop que, siguiendo el curso de las terrazas de la colina de Voltri, aparece a los visitantes como el ala de una mariposa rosácea preparada para emprender el vuelo. Después de dejar el coche a los pies de la colina, subimos con el ascensor de cremallera que se va abriendo dulcemente a la vista del espectáculo del golfo de Génova, bellísimo incluso bajo una cortina de lluvia.

Creo que vale la pena describir este lugar (cuya construcción corrió a cargo de la empresa de su hermano Ermanno), donde Renzo Piano regresa siempre de sus viajes por las diferentes obras esparcidas por todo el mundo, de su casa parisina en el Marais o de su estudio cercano al Beaubourg.

Imaginad un edificio rodeado e invadido por plantas, bambú, cañas y agaves, que trepan por los peñascos, penetran en los espacios de trabajo y se hacen bien visibles a través del vidrio de las paredes exteriores.

'Al trabajar aquí -escribe Renzo Piano en su Giornale di bordo-, se logra conseguir un particular recogimiento ligado a la sensación de contacto con la naturaleza, el clima y las estaciones, todos ellos elementos inmateriales que la arquitectura ha capturado'.

Para capturar mejor esta estimulante inmaterialidad, la cubierta inclinada se ha realizado con grandes paños de vidrio para conseguir que el sol y la luz natural iluminen el interior. En este ambiente racional, pero, sin embargo, cálido y luminoso, decenas de personas (nos cruzamos con muchos jóvenes en prácticas) trabajan todo el día con la luz natural regulada automáticamente mediante grandes lucernarios fotosensibles.

La atmósfera especial de este lugar ha sido descrita por Renzo Piano, siempre en su Giornale di bordo, de la siguiente manera: 'Nuestra luz es un reloj natural: cambia con la hora del día y con la climatología, dando diversos colores a los muros, a las mesas de trabajo y a los objetos. La lamas del techo dibujan líneas de sombra que proporcionan una granulosidad variable a todas las superficies. Al anochecer se encienden las lámparas en voladizo que están orientadas hacia unas pantallas reflectantes del techo. De este modo, se conserva la característica del ambiente: también la luz artificial proviene de arriba'.

El taller rápidamente nos ofrece el retrato del arquitecto y de su trabajo: respeto por el ambiente y la cultura del lugar mediante un uso no invasor de la tecnología. Se tiene la sensación de estar en un gran taller artesano y de artista.

'El estudio está hecho de espacio, sol y naturaleza -como teorizaba Le Corbusier-, pero está en contacto con todo el mundo mediante las comunicaciones telemáticas instantáneas'. Éste será uno de los argumentos principales de la larga conver-sación que nos aguarda.

Finalmente llega Renzo Piano, amable y sonriente, con su barba cuidada, negrísima en las fotografías de una época y ahora emblanquecida sobre su rostro juvenil. Alto y delgado, parece el 'caballero andante' del gran Miguel de Cervantes, sólo que su figura no es 'triste', sino que, más bien, irradia un gusto que involucra la vida. Con su arquitectura, lucha para que las culturas y las tradiciones se respeten y no se extingan; para que se acepte la diversidad, lo ajeno. Y lo hace de un modo simple y visible con sus construcciones (vienen ganas de decir sus 'no construcciones'): espacios ligeros y armónicos que él llena y rodea de agua y viento, de árboles y piedras, de madera y colores, de estructuras dictadas por una fantasía muchas veces irreverente en los enfrentamientos con la academia, enfrentamientos que no soporta.

Hablar con Renzo Piano es redescubrir el placer de la conversación, es reencontrar el calor de la utopía, no esa utopía del lugar inexistente, sino la que descubre el 'lugar' que está dentro y fuera del hombre, que lo descubre y construye; la utopía que se materializa en Noumea, en Turín, en Basilea o en Kumamoto.

En este momento, nuestra entrevista deja de ser tal y pasa a ser una larga y placentera conversación que se desarrolla y se distiende al caer la noche, momento en que se cierra una jornada de trabajo en el taller, un taller que nunca está vacío. Entre mesas llenas de papeles, dibujos y pequeñas maquetas, nos encontramos inmersos en un silencio casi irreal que sólo se rompe por el timbre de los teléfonos (a los que responde el único colaborador que se ha quedado) y del sonido susurrante de la lluvia que, al resbalar por los vidrios, forma unos arabescos en el techo y en las grandes paredes abiertas sobre el misterioso vacío de la colina de Voltri.

Existe una regla para las entrevistas: el periodista siempre trata de usted al entrevistado, incluso cuando en privado lo tutee. Sin embargo, en este caso haremos una excepción porque la formalidad del diálogo no permitiría que el lector capturara la atmósfera de una entrevista que no es sino una conversación amistosa.

Renzo Cassigoli. Me gustaría empezar hablando de la relación entre arquitectura y arte, una constante en el trabajo de Renzo Piano, de su búsqueda de una 'arquitectura sostenible', que no sólo se afirma sino que se expresa en las obras. Quisiera hablar del Museo de Arte Moderno que proyectas para Sarajevo y también saber qué opinas del Monumento a la Shoá que se construirá en el corazón de Berlín, muy cerca de la Potsdamer Platz que tú has reconstruido. También me gustaría hablar del Beaubourg que, tras una pausa de dos años, se ha reabierto en el año 2000.

Renzo Piano. El Beaubourg viene marcado por dos acontecimientos: la reapertura tras dos años de pausa para poder reinventarlo, no para restaurarlo, y la exposición sobre mi obra que se ha montado en la planta baja del propio Centre Georges Pompidou, una especie de retrospectiva de 30 años de actividad que viajará después a la Neue Nationalgalerie de Berlín. No querría decir mucho más sobre el Beaubourg.

RC. No obstante, me gustaría hacerte una pregunta. Cuando, hace 25 años, construiste el Centre Georges Pompidou junto a Richard Rogers, se hablaba de 'giro cultural', de 'espíritu del 68', y se recordaba el famoso lema de 'la fantasía al poder'. Un cuarto de siglo más tarde, en el cambio de milenio, ¿ha conservado el Centre Georges Pompidou (llamado Beaubourg por la calle que pasa delante) este carácter, digamos, 'revolucionario'?

RP. Debo decir que ha conservado aquello de lo que estoy más satisfecho: la capacidad de transformarse a sí mismo gracias a su flexibilidad, una característica que nos ha permitido poder repensarlo veinticinco años más tarde. Insisto: lo que se ha hecho en los últimos dos años no es un trabajo de simple mantenimiento, pues si de ello se hubiese tratado, no habríamos tardado tanto; hubieran bastado tres meses en lugar de dos años. No, hemos repensado el Beaubourg. Se han cam-biado las funciones, se ha informatizado la biblioteca, ahora tenemos salas para vídeoconferencias y para otras funciones importantes. En definitiva, la estructura ha cambiado. No hay nada sorprendente; el Beaubourg había nacido con este fin. Recuerdo que hace cuatro años, cuando nos reunimos con el ministro de Cultura francés de entonces, bromeando pero no demasiado, éste dijo que el Beaubourg era como un coche que cada cuarto de siglo tenía que pararse para pasar la revisión. Bien, así ha sido.

En cuanto al 'giro cultural', al 'espíritu del 68', debo decir que el Beaubourg no es la expresión de una sociedad privada, sino de una política cultural francesa renovada y, como tal, tiene un destino de uso que abarca valores e intereses de un público vasto, no sólo europeo, sino también internacional. Es un gran contenedor donde encuentran su lugar el Museo de Arte Moderno, espacios para exposiciones temporales, espacios para estudios e investigaciones, salas polivalentes para teatro, cine, música, conferencias y seminarios. El concurso data de 1971, pero el espíritu es aquel que, en 1968, recorría Francia y Europa, y que hizo que madurara la idea de un centro cultural abierto a París, a Europa y al mundo. La idea consistía en derribar las barreras entre las diversas disciplinas, en crear un lugar interdisciplinar abierto al encuentro de experiencias entre los distintos campos artísticos: desde la música a la literatura y la pintura. Trabajé en el Beaubourg al inicio de mi carrera profesional. Entonces yo sólo era un artesano y, junto con Richard Rogers, me convertí en arquitecto. Como el Beaubourg, éramos dos jóvenes desgarbados con pelo largo, ¿nos imaginas reuniéndonos con el presidente Georges Pompidou? (...)'

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Cassigoli, Renzo
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