Sanctuary: Xavier Ribas (Photography)

 
9788425220401: Sanctuary: Xavier Ribas (Photography)
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MENCION DE HONOR DEL PREMIO 'MEJOR LIBRO NACIONAL DE FOTOGRAFIA DEL AÑO' CONCEDIDO POR PHOTO ESPAÑA 2006
Atravesar las periferias urbanas en busca de ese espacio delicado, apenas existente, donde la ciudad se encuentra frente a su imagen, supone una tarea a pecho descubierto, sólo mediada por la mirada: en aquellas periferias, únicamente los viajes oculares pueden encontrar su sustancia. Así podríamos calificar el trabajo de Xavier Ribas: una coagulación evanescente, salvada del peligro de extinción, en el lapso entre dos momentos de anulación, y colocada junto a otras dos imágenes de similar naturaleza, en una secuencia de fragmentos arrancados al tiempo que también configura algo perfecto.
Bajo el título Santuario, Xavier Ribas presenta en este libro una colección de fotografías que ofrecen una reflexión sobre estas ideas en torno a la naturaleza simbólica y biográfica de los espacios urbanos.

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Reseña del editor:


At the periphery the city illuminates itself, negatively. Every image seized there, at the precipice where the urban compulsively extinguishes itself, is a story so concertinaed by sensation or absence that it fixes the eye profoundly into that image. Human life has been swept away with magisterial cruelty or nonchalance, but the emanation projected by the empty zones of streets, highways, buildings, pivots on a kind of neural inkling within the membranes of the eye, an intimation of vision that something may be resuscitated or restituted from the detritus that forms that void. In Europe, from Marseilles, to Berlin, to Rome, to London, the cities are engulfed: rendered into negligible corporate outposts, all images relentlessly pitted-out, except on their resistant peripheries. Europe survives as a caustic residue on those peripheries.

The photographic works of Xavier Ribas presented in this book are a reflection on peripheries and the symbolic and biographical nature of urban spaces.

Extracto. © Reimpreso con autorización. Reservados todos los derechos.:


Texto incluído en el libro:

'Zonas periféricas

En la periferia, la ciudad se ilumina en negativo. Atrapada en el abismo donde lo urbano se extingue compulsivamente, cada imagen cuenta una historia cuyo choque con la sensación o con su ausencia es tan poderoso que atrapa el ojo hacia las entrañas de esa imagen. Toda vida humana ha sido barrida de allí con una crueldad o con una indiferencia magistrales, pero las emanaciones proyectadas por las zonas vacías de calles, autopistas o edificios provocan una sospecha en el interior mismo de las membranas oculares, una insinuación de visión: la sospecha de que, quizá, pueda resucitarse o restituirse algún resquicio de los detritos que integran ese vacío. Tal sospecha, en su fluir y en su deseo de revelarse, impulsa al ojo de una imagen a otra.

No hay vacío que resista en el filo de la ciudad, pues en el mismo instante en que queda registrado, los escombros que conforman ese vacío se reconfiguran como una serie de limaduras de hierros magnetizados, en una secuencia infinita de transformaciones invisibles e irresistibles. De una imagen a otra, la periferia sufre convulsiones. Corre el riesgo de eludir a la mirada, pero está salpicada de flores: las huellas de la muerte prendidas a la tierra desecada o sujetas a lo largo de las vallas protectoras de una autopista que ahora está paralizada; o está salpicada de semen y de sus superficies desechadas, las huellas de cuerpos evaporados: flores y semen, con lo corpóreo reducido hace tiempo a cenizas.

Los detritos hablan con voz propia dentro de la imagen, y conjuran esas huellas abrasadas y expuestas empleando un tracto vocal cicatrizado por la memoria. Si la periferia urbana conserva su memoria, esa memoria se adhiere a manifestaciones tan espontáneas como esas huellas; queda abrumada por las azarosas maniobras de las piedras que rodean el terreno; se desvanece en el vapor de los fluidos humanos absorbidos por el cielo que corona la periferia; y se conjugan con esa memoria en las fachadas, melladas por las ventanas, de los bloques de viviendas de baja calidad construidos con hormigón. El ojo que recorre o penetra la periferia urbana genera señales de memoria que configuran precarias exploraciones: se sumen un instante en el olvido, oscilan por un momento dentro de su propia aniquilación y, a continuación, se desploman vertiginosamente para fijarse a las imágenes.

Las ciudades europeas —de Marsella a Berlín, de Londres a Roma— han sido devoradas: convertidas en insignificantes puestos de avanzada corporativos, todas sus imágenes sufren un proceso de inexorable desgaste, a excepción de las tenaces periferias. Europa sobrevive como un residuo cáustico en ellas, con sus elementos visuales enredados y contaminados, vitales pese a sus heridas, estancados y azarosamente desahuciados, pero ofreciéndose al ojo capaz de localizarlos y restaurarlos en su sórdida gloria.

Y siempre de la mano de Europa, las cicatrices de cuerpos humanos: aun en el más abismal de sus abandonos, en el cenit de la ausencia de vida humana, la periferia urbana sigue imbuida por un toque seminal de carne transfigurada, en forma de vectores o de incisiones: el borroso zigzag de la ropa tendida en la fachada de un bloque, las aberturas infligidas arbitrariamente en los muros, los senderos –a primera vista, azarosos– que se interconectan, comienzan y terminan como si hubieran sido creados para indicar un acto de negación. Cada historia de un acto humano que se colapsa en su punto de origen, para dejar una configuración de escombros que sólo la imagen es capaz de atrapar.

Existe una ambigüedad irresoluble entre la ciudad y la imagen, y el proceso que explora ese espacio (no es ni un área, ni una interfaz, ni tan siquiera un espacio) conlleva que el ojo erosione intrincadamente ese misterio hasta llegar a sus entrañas, cuyos elementos se intensifican en la periferia urbana. Por un instante, aquellos elementos pueden estar formados por una luz brillante; por otro instante, pueden estarlo por rastros de humanidad, excluidos en grado sumo. Aquella ambigüedad se mantiene con intacta obstinación aun cuando las formas humanas y sociales que la rodean se hayan transformado a gran escala, instantáneamente. Como en los parques de ocio del antiguo Berlín oriental, salpicados de construcciones de hormigón para jugar al ping-pong, construidos para resistir durante siglos y, luego, abandonados permanentemente y sustraídos de la ciudad, pero, aún así, con la capacidad suficiente para despedir su misteriosa tenacidad, como improvisadas lápidas de un tiempo desvanecido, o como coagulaciones de olvidados gestos, a lo largo de caminos que interconectan los hipermercados de reciente construcción. Ese misterio también está presente entre los bloques de hormigón levantados en las periferias de Marsella, donde las zonas erosionadas en torno a las elevadas apariciones están incrustadas con las ruinas de los edificios foceos y romanos, que sobreviven a duras penas, y donde el abandono se desarrolla con tanta rapidez, tan erráticamente, que los hipermercados parecen ya clausurados, con los cierres metálicos echados, la redundancia derivada de sus exclamativos reclamos publicitarios apuntalada por las rotulaciones a juego de los graffiti que los reproducen con irónica exactitud.

La conjunción vital entre la periferia y la imagen crea una mutación aberrante en el espacio urbano; una especie de centro sísmico de la periferia contra sus principios (de otro modo, caería en su propio olvido): un rechazo por la imagen que desencadena también una sacudida sensorial en el observador. En secuencias de imágenes, tales impactos se llevan a cabo con mayor profundidad, y las configuraciones esenciales de la ausencia humana, y de la densidad humana, quedan al descubierto: las fachadas excoriadas de los bloques, idénticos en la ordenación de las ventanas sobrecargadas de ropa tendida, o simplemente vacías; los bordes carbonizados de las autopistas, donde el fuego desentierra capas imprevistas de escombros o chatarra para que el ojo proceda a ensamblarlos. En esas secuencias, la periferia está expuesta tan intensamente que la anatomía de un tiempo muerto queda cristalizada en la imagen.

Cuando los suburbios entran en la imagen, toda narrativa del cuerpo humano ha sido desbaratada, y lo que queda aún de huella corpórea, su forma condensada o sesgada, atrae irresistiblemente al ojo. Estas huellas esquivas han sido barridas abruptamente de la ciudad, que ha actuado con la velocidad de un centrifugado para esparcirlas por la periferia, en tal disposición (huellas de fuego, rastros de semen, y movimientos de variabilidad infinita en la zona) que su concreción requiere el trabajo ininterrumpido del ojo. Esas señales humanas han sido pulverizadas hasta el punto de borrar su superficie, a menudo tan abierta a la mirada, y reclaman un delicado instante de reposo y alivio en el que incorporarse –en el interior de un santuario–, antes de la próxima mutación zonal. Igualmente, no puede quedar el más mínimo resquicio que implique el regreso a los edificios del poder o al éxtasis en el corazón de la ciudad, pues los límites de la periferia son implacables e ineludibles.

Atravesar las periferias urbanas en busca de ese espacio delicado, apenas existente, donde la ciudad confluye con la imagen (un espacio siempre listo para entrar en un inminente estado de delicuescencia, y capaz de coagularse en la imagen sólo como el resultado de una exploración exhaustiva y de una paciencia inquisitiva), supone una tarea a pecho descubierto, sólo mediada por el ojo: en esas periferias, únicamente los viajes oculares pueden encontrar su sustancia. Así podríamos calificar el trabajo de Xavier Ribas. Una coagulación tan evanescente, salvada del peligro de extinción en el lapso entre dos momentos de anulación, y colocada junto a otras imágenes de similar naturaleza en una secuencia de fragmentos arrancados al tiempo, también configura algo perfecto.

Esa perfección es una perfección ya estriada, en íntima complicidad con sus sombras, que caen o se desgranan por la imagen aun en la luz más deslumbrante, y duplican la ausencia de humanidad. Esas sombras fundamentales indican el lugar donde algo se ha desprendido, constituyendo simultáneamente el origen de las excavaciones oculares. Bajo la superficie de la ciudad, y en especial en sus sensibilizados límites, las capas de momentos eclipsados descienden ruidosamente, a una velocidad cada vez mayor, arrastrando en su recorrido hasta el punto terminal del origen de la ciudad, cada una de las imágenes más preciosas jamás creadas, y también las palabras, junto con toda evidencia de inmediatez o de éxtasis humanos.

Las señales de la memoria resurgen oblicuamente, se exponen finalmente a la luz y, también ellas, acaban siendo precarias: vívidas por un instante y, luego, sepultadas en un desmayo, caen finalmente en el olvido hasta que resurgen como recuerdos de la periferia. A partir de estas aniquilaciones de la memoria, las imágenes se vuelven a filtrar en el espacio y en sus objetos descartados o dislocados. En movimientos a través de ese espacio, apartadas de caminos trillados (o en los propios caminos, trillados hasta la insensibilidad por las cicatrices de la memoria), las señalizaciones que llevan a tales recuerdos son dispersas, imprevistas y tienden a transportar al ojo hacia la muerte, por la vía de los esqueletos de flores, o a conducirlo hacia vacíos históricos o sexuales. Lugares en los que una presión urbana ha explotado, o ha sido suprimida, dejando un abismo tras de sí; un movimiento más profundo concreta las señales de renacimiento, de liberación o de iluminación, que únicamente sobreviven en tales periferias. Pero para atrapar dichas imágenes se requiere aguantar el aliento, antes de exhalarlo, hasta experimentar los umbrales del vértigo. Las espiraciones virtuales u obsesivas que forman la sustancia esencial de la periferia demandan una especial seducción para man...

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