Otl Aicher La cocina para cocinar

ISBN 13: 9788425219795

La cocina para cocinar

 
9788425219795: La cocina para cocinar
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Reseña del editor:

Hace ochenta años, en las colonias de viviendas proyectadas por Ernst May se creó la cocina de Frankfurt. Concebida por una vanguardista arquitecta vienesa, esta cocina se convertiría en el origen de la cocina moderna, pensada para las reducidas familias de trabajadores en las que la mujer también trabajaba fuera del hogar y disponía de poco tiempo para cocinar.

Pero esta cocina pequeña, que constaba de un estrecho pasillo central flanqueado por un frente de armarios y otro de aparatos, se convirtió también en un modelo aceptado por las mujeres dela burguesía. De este modo, la cocina de Frankfurt, que carecía de mesa y solamente disponía de superficies de trabajo, se convirtió en el modelo que, durante mucho tiempo, han adoptado tanto los usuarios como los arquitectos, diseñadores y fabricantes. Esta cocina, que estaba separada del espacio vital de la casa y que sólo estaba dedicada a la ”preparación de comidas“, se fue simplificando cada vez más, y se podía mantener limpia fácilmente gracias a los frentes lisos de sus armarios.

Desde hace un tiempo se habla no sólo acerca de la comida, sino también sobre las cocinas. El presente libro explora este tema tomando como referencia los resultados de una investigación. Su objetivo es esclarecer cómo debe ser hoy en día una cocina, un tema sobre el cual, según el autor, el diseño moderno tiene, desgraciadamente, poco que decir. Aicher, que ha partido de la premisa de no aceptar ideas preconcebidas, elaboró una lista de preguntas, buscó una serie de restaurantes en los que se comía bien y, una vez allí, dejó que los cocineros le hablasen sobre sus cocinas.

Todas las afirmaciones de este libro fueron contrastadas y filtradas a través de las experiencias del propio autor. El propósito principal no consistía en plantear nuevas propuestas sobre el diseño de muebles de cocina, sino en precisar las claves de la organización general de los mismos.

La relación de Otl Aicher con la cocina tiene diversas vertientes, pero ninguna de carácter profesional. Durante la guerra, logró hacerse con una discreta fama como cocinero cuando entre las obligaciones de un soldado se encontraba la de preparar una comida para los oficiales que tuviera mayor calidad que la habitual cocina de campaña. Su trabajo en la empresa Max Braun le hizo entrar en contacto con las cuestiones relacionadas con el equipamiento en las cocinas, la mejora de la calidad de los alimentos y una alimentación progresiva. Las cocinas también fueron un tema siempre presente en la Escuela de Ulm, entre cuyos fundadores estaba Otl Aicher. Fue testigo de las discusiones sobre electrodomésticos que mantenían Gugelot y Erwin Braun, así como del nacimiento de la loza apilable de Nick Roericht, que se ha convertido ya en un clásico. También estuvo involucrado en la introducción en el mercado de diversos productos de hierbas para condimentar, mucho antes de que las hierbas aromáticas comenzaran a ser un elemento habitual en las cocinas. Entre otras cosas y por encargo de Bulthaup, la principal empresa alemana dedicada a la fabricación de cocinas, llevo a cabo un estudio que exploraba las diversas tendencias en materia de cocinas y que se convertiría en la base de este libro.

Pero, como más aprendió sobre cocinas fue cocinando.

Extracto. © Reimpreso con autorización. Reservados todos los derechos.:

La cocina para cocinar

Antes de aceptar el encargo de realizar un logotipo para la empresa de cocinas Bulthaup, Aicher quiso saber lo que era una cocina. Empezó desde el principio, aunque hacía años que disfrutaba cocinando. El resultado de sus investigaciones, derivaciones, reflexiones y anotaciones es La cocina para cocinar. Para él, la actividad del diseñador consistía en valorar: “Es tan absurdo decir que la buena forma es el resultado forzoso de la función como afirmar que en un cuerpo bello tiene que habitar un espíritu bello”.
Consciente de que quien se aproxima a la complejidad de la vida no puede tener muchas esperanzas de quedar en la memoria de la humanidad —“como los grandes simplificadores, como los prestigiados especialistas”— y de que con frecuencia “la reducción a lo simple es la esencia de lo célebre”, Aicher encontraba tiempo para los detalles. Recopilando información para este libro concluyó que la historia del cocinar era tan interesante como la de la propia arquitectura. “La verdad del comer proviene de la cocina, de la ejecución, del hacer, del uso; del mismo modo que una individualidad diferenciada proviene de la decisión de vivir la propia vida, no la vida de los otros”.

Cocinar tiene sus raíces en la conservación de la comida y en la idea de acumular. Pero ha llegado a ser más: “Es el acto en el que establecemos humanidad”. Humanidad, como libertad, son dos palabras que Aicher usa con cautela. Son la esencia de su búsqueda activa. La raíz de la vida y del sentido que él le daba. Pero no se trata sólo de santificar las fiestas, de celebrar el ritual. Como filósofo del uso, Aicher celebra la precisión de las herramientas y el disfrute de su utilización. Sin cuchillo, cuchara y tenedor viviríamos de lo que se puede asir con la mano: “Se perdería el arte de cocinar y, con él, algo que diferencia a los hombres de los animales”: una mezcla de sabiduría y habilidad. Pocos ensayistas más críticos con el arte de los últimos tiempos que él. La diferencia entre las artes era para Aicher la raíz, más que el resultado: la humanidad que justifica el diseño, las decisiones vitales. “La obra de arte en la pared deja de ser útil cuando lo que debemos buscar es la forma de vida que sea soportable como un todo. La vida misma se ha vuelto arte.”

[...]

Su valoración de la cocina fue entonces no sólo técnica, sino también cultural y hasta social. Sus estudios no sólo apuntan conclusiones, también contienen recomendaciones, algunas doblemente valiosas por rozar la ingenuidad y la utopía saliendo de la mano de un hombre crítico y culto. Estudiando la cocina propuso, por ejemplo, retomar el circuito de la economía doméstica que reactiva la mano humana; el esfuerzo corporal que libera la economía nacional de actividades carentes de sentido (como la producción de malos alimentos y aparatos de cocina superfluos), que permite “liberarse de los psicoterapeutas” y, que, finalmente, da sentido a la vida. “No habría habido antigüedad clásica si los griegos no hubieran tenido por costumbre comer poco al mediodía y, en cambio, por la noche, todos los alimentos que el vino puede acompañar. Los diálogos de Platón son conversaciones de cena”.

La cultura humana se ha desarrollado en torno al fuego dominado y a la conversación de una mesa. Aicher reclama ambos elementos para su propuesta de cocina. Pero se pregunta si estamos preparados para vivir sin etiquetas, para aceptar que regresar a la idea de cocina de los campesinos puede liberarnos: “Políticamente somos más libres que antes. Psicológicamente estamos encadenados”. El cocinar no es elitista. No necesita museos ni ministerios. Puede hacerse a pequeña escala. Como cuando Bach componía música con sus hijos, insinúa. Pues es, finalmente, el anonimato lo que, según él, redime el cocinar. ¿Qué salva a la cocina? “No hay ningún profesor, ningún doctor, ningún galardonado oficial del arte culinario. Si los hubiera, la cocina estaría perdida”. “A los diseñadores que no cocinan no debería confiárseles el diseño de cocinas”. Las máximas conviven en este ensayo con las valoraciones históricas.“Desde que existe la cocina modular de Frankfurt no se ha pensado en nada nuevo. La evolución de la cocina se ha centrado en ampliar su dotación técnica”. Y con las apreciaciones prácticas: “El límite físico del hombre no viene determinado por su cuerpo, sino por los utensilios que le son propios. Solamente los utensilios del hacer y la comunicación nos complementan y sitúan en nuestra humanidad. Cada ser humano se desenvuelve en consonancia con sus utensilios y herramientas”. Aicher llegó a entender la cocina como una escuela de la vida. El fermento esencial de toda educación: la convivencia, el hacer cosas juntos, la colaboración, se dan en la cocina. En esa estancia se reparten responsabilidades, y quien es responsable de algo desarrolla su inteligencia. “Quitarle la garantía de calidad a la fabricación industrial y ponérsela al trabajo manual e individual supone una inversión fundamental de los valores reconocidos. Es la recuperación de la humanidad, la vida y la cultura de la vida. Es, sobre todo, la recuperación de uno mismo. Se es sólo lo que se hace. Producir algo uno mismo es, sobre todo, producción de uno mismo”.

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